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jueves, 2 de enero de 2020

Aromas del Ayer: De Cómo Me Convertí en Catadora de Perfumes



Esta primera entrada del 2020 nace de cuando la Reina Estelwen solicitó ver fotos de mi colección de perfumes. Antes que desperdigar un par de fotos en Facebook, que al final se pierden, opté por hacer un mini ensayo de como llegué a tener una colección de perfumes, un historial de las marcas que he usado en mi vida y como me he vuelto una sommerlier de diferentes esencias. Hasta he incluido un listado de los espacios que he usado para guardar mis cosméticos. Espero les guste. (Agradezco a mi amiguito, la gárgola Iggy, por haber aceptado modelar junto a los perfumes).

Antes que todo, quiero explicar que, aunque no lo parezca, no hay nada frívolo en un perfume. Es una modo de identificación, lo vemos en el mundo animal y también existe en el humano. Es una manera de hacer más reconocible nuestro olor, incluso ayuda a aumentar nuestras feromonas. Como la moda, el perfume es una forma de expresión personal. Es difícil, pero útil, escoger un aroma que nos defina, que nos siente bien, y que nos haga sentir bien. Yo soy una devota de la aromaterapia, y un buen aroma puede ayudar en nuestra curación mental, física y emocional.

Días de Lavanda Atkinson
Desde pequeña tuve un olfato poderoso, para oler tufos apestosos tanto como para perfumes de flores que siempre me gustaron. Toda mi familia apreciaba los buenos olores.  Mi abuela paterna tenía una colección de perfumes, y se trajo algunos cuando vino a vivir con nosotros el ‘65. No sé qué pasó con ellos luego que la internaron.
Mi abuela con mi padre (1936)

La colección de perfumes de mi mamá quedó sepultada con sus muebles de dormitorio y joyeros bajo las ruinas de nuestra casa en el terremoto de marzo de ese año, pero para diciembre del 65 ya había iniciado otra. Hasta que fuimos a USA, mi mamá tuvo una colección de perfumes cuyos nombres eran los de los modistos de sus figurines de modas: Laroche, Nina Ricci, Paco Rabanne, Chanel, Rochas y por supuesto Dior. Todos los cumpleaños, mi padre le regalaba un envase grande de Miss Dior en una caja que parecía hecha de tela y que hacía juego con los trajes.
Mi mamá y nosotros en 1963, en sus días de Dior


Hasta mi papá tenía en nuestro baño (en una casa de cuatro baños, toda mi excéntrica familia usaba solo uno) sus botellas alineadas en el botiquín. A mi hermano, antes de irse a la escuela le aplicaban en su cabello engominado unas gotas de Acqua Velva, Old Spice o Canoe de Dana.

Mi padre prestaba sus colonias con el compromiso que para su cumpleaños, Navidad o Dia del Padre le compráramos una botella de repuesto. Algunas venían con crema de afeitarse y hasta brochas y un tazón para preparar el jabón con el que mi padre se cubría la cara antes de pasarse la rasuradora eléctrica. La única colonia que no teníamos permiso de tocar era el exótico Moustache de Rochas porque era “caro”.

Yo tenía permiso para oler todas esas botellas de formas tan fantásticas, tanto de la colección paterna como la materna, pero no de aplicarme sus contenidos. Una sorpresa es que, aunque se me permitía pintarme, no tuve permiso para usar perfume de marca hasta los quince años. Hasta entonces fui esclava de la famosa Lavanda Atkinsons que me acompañó desde mi infancia hasta mi adolescencia y de la que he hablado en otro sitio.
Malena, en sus dias de Lavanda Atkinsons (1968)

Lo curioso es que no me interesaba el perfume tanto como las sombras de ojo, los pintalabios y el colorete (o rouge). Nunca se me ocurrió aplicarme ni los restos que dejaban las nanas, en su departamentito de servicio aledaño a la casa, botellas con conchitos de Pompeya o el pasoso Tabú.

Tatiana, Emeraude y la Colección de mi Hermana
No sé en qué momento, pero ya fue en suelo norteamericano, que Mi Ma decidió que ya era hora que tuviera un perfume propio. Así llegó a mis manos un estuche blanco que contenía el que posiblemente es el mejor perfume que he usado en mi vida: Tatiana de Diane von Furstenberg. Hoy no se puede conseguir por menos de cien dólares, pero entonces no costaba más de veinte o veinticinco.

Usé Tatiana por casi tres años. Ya para cuando entré en la escuela judía, mi madre había descubierto Saltzman, la farmacia de barrio en Unión Turnpike, a un par de cuadras de mi casa. Como toda farmacia respetable poseía una sección de perfumes. Ahí mi mamá se volvió una aroma-glotona probando y comprando marcas nuevas o desconocidas para ella. Esos fueron los años del desaparecido Ciara, de Charlie, de Jontue, de Halston, de Babe de Fabergé, y lo nuevo de Coty. Cuando algo que compraba dejaba de gustarle, mi madre me lo cedía. Así fue como me convertí en clienta de Coty. Primero con Masumi y luego con el fantástico Emeraude.

Un suceso extraordinario que ocurrió en mi último año escolar fue la adopción oficial de la hoy Dra. Janet Sendar como mi “hermana”.  Vale una explicación, en las escuelas de niñas judías, la costumbre es que las alumnas mayores adoptasen una de las pequeñas para ser su guía y apoyo durante el periodo escolar. En Ezra Academy, eran las pequeñas las que elegían y yo tuve el honor de ser elegida por varias.

 La diferencia con Janet es que el lazo no se cortó ni siquiera después de mi graduación, un lazo que perdura hasta hoy. Lo mejor es que nuestras familias estaban muy contentas con esa relación e incluso yo le decía ‘mamá” a Mrs. Sendar (aleha ha shalom). Lo mejor fue que mi estricta madre me permitió lo imposible, quedarme a dormir y pasar largos periodos en la casa Sendar.
Mi hermana y yo en mi vigesimo-quinto cumpleaños (Sept. de 1984)

 Ente los muchos tesoros y cosas mágicas que hallé ahí fue que mi hermana, aparte de su bien provisto armario y de su fa-bu-lo-sa colección de bodice-rippers, coleccionaba también perfumes. En un cajón de su gran cómoda (buró) tenía un repertorio de pequeñas y grandes botellas de diversas marcas. Ahí volví a ver Tabú de Dana y olí el Maja de Myrurgia y tomé una decisión, algún día tendría una colección de perfumes.

Era una decisión difícil. Por empezar yo contaba con muy poco dinero para gastarlo en perfumes de marcas. Luego no tenía donde guardarlos. Desde mi llegada a USA, había compartido cuarto con mi madre (infierno en la tierra, se los aseguro). Para 1979, mi nuevo estatus de universitaria me había ameritado un cuarto propio. El más pequeño de la casa que fue el que ocupé. En amueblarlo con cama, escritorio y libreros, se acabó el espacio para poner un tocador (vanity, dressing table). Los pocos perfumes que poseía se quedaban dentro de mis bolsos y colgados dentro del closet.
Guapo incomodo ante la estrechez de mi cuarto. (1978)

Una Era de Experimentos y Malos Olores
Para ese entonces, mi mamá había dejado atrás su etapa de probadora. Había hecho amistad con una vecina que vendía productos Avon. Así fue como conocimos la perfumería de esa casa. También, por aquel entonces me suscribí a uno de esos clubes por correo que todavía existen. Este mensualmente me enviaba una caja de cosméticos (cremas, productos para los ojos, lápices labiales y perfumes). Si nos gustaba, mi madre pagaba y nos la quedábamos. Si no, la devolvíamos.

Como nos daba pereza devolver la caja al correo, muchas veces hubo que pagar maquillaje que no les gustaba ni a las gatas, así que mi madre se cansó y me hizo cancelar la suscripción. Pero hasta entonces tuvimos acceso a aromas muy curiosos. Recuerdo por ejemplo una caja de perfumes del Príncipe Matchabelli que contenía Wind Song, Aviance y Quimera. Otra con Muguet de Bois de Coty. Delicioso, lo usé por un año hasta que caí en cuenta de que en mi piel el lirio del valle ¡adquiría olor a consomé de ave!

Pero si hablamos de tufos, mi momento “trágame tierra” odorífero, lo provocó otra muestra exótica: el temible Shocking de Schiaparelli. Mi Ma se lo probó, no le gustó, y me lo regaló advirtiéndome: “Úsalo para la casa” Yo no le hice caso. Este perfume había sido confeccionado bajo la egida de la gran Elsa Schiaparelli, la Dalí de la moda; la que por primera vez usó modelos adolescentes (entre ellas, cuenta la leyenda, mi abuela materna), más encima era la abuela de mi admirada It Girl Marisa Berenson.

Ese viernes cuando preparaba mi ropa para el servicio del Sabbath, rocié mi blusa y enagua con el nuevo perfume. Al día siguiente, me levanté temprano, me vestí y me fui mientras mi mamá dormía. Como siempre fui la primera de las mujeres en llegar al templo. En la sección femenina, yo era la única joven y soltera. La mayoría eran madres con muchos chicos o” viejitas” (a mis 19 años yo consideraba toda mujer por encima de 45 una anciana) así que no llegaban antes de las diez.

Yo me senté en primera fila detrás del mehitza. En las sinagogas ortodoxas los hombres y las mujeres se sientan separados. En los grandes templos incluso se sientan en pisos separados, las mujeres arribas y los hombres donde no puedan mirarlas. En una sinagoga moderna y pequeña como la mía bastaba con un biombo cribado, a través del cual yo podía observar y oír lo que ocurría en el sector masculino, pero por suerte no me podían oler.
Una mehitza cribada

Comenzaron a llegar las señoras, me saludaban, hacían una mueca y se iban a los asientos traseros. Pensé que querrían chismear a su gusto, pero pronto comencé a sentirme aislada. Ahí noté que pasaba algo. Primero fueron toses, luego oí carcajadas sofocadas, por el rabillo del ojo vi que una hacia gestos como que se ahogaba. Había mucho susurro, pero como hablaban en yiddish (la mayoría eran del Old Country, Rusia y Europa Oriental) no entendía ni jota, pero era claro que yo era la culpable.

Al final, una le dijo en inglés a otra “¡huele a desinfectante!” Como venia de la boca de una veterana de Auschwitz, se me heló la sangre en las venas. Luego sentí que me subían los colores a la cara que se había vuelto un tomate maduro.

No sabía qué hacer. Ni modo de levantarme y marcharme y no tenía los ovarios que desarrollaría después para pedir excusas, ofrecer una disculpa risueña y hacer mutis por el foro. Me tuve que quedar ahí apestando como zorrino por dos horas. Apenas acabó el servicio alcancé a decirle a mi hermano que me sentía mal y me iba a saltar el almuerzo.

Llegué a casa casi corriendo y aun hedía. Mi Ma me lo confirmó.” ¡En serio, vienes hedionda a insecticida!” Ó sea si olía a Zyclon B. Tuve que cambiarme, no podía bañarme hasta la noche así es que me puse una bata de casa, y el frasco de Schiaparelli fue a parar a la basura. Nunca he podido saber si ese frasco venia maleado, si Shocking es un tufo caro o era algo en mi epidermis que provocó esa tragedia.

En Busca de Un Perfume Perfecto
La gente que me conoce dice que yo soy una late bloomer, ósea que hago las cosas con más retraso que las demás mujeres. Perdí mi virginidad quince años más tarde que la mayoría de las chicas; aprendí a cocinar después de los 30 años; me fui a vivir sola después de los cuarenta. Por eso comencé a desarrollar un estilo de vestir y de arreglarme cuando ya estaba haciendo mi primer posgrado (1984-1987) y ya tenía un cuarto de siglo de vida mis espaldas.
Malena en su primer semestre de adjunta en Queens College (junio, 1985)

Parte de mi nueva preocupación por tener un estilo propio tenía que ver con mi primer empleo profesional, con la idea de que debía lucir bien ante mis alumnos, y con mi primera cuenta de ahorros que me permitía comprar lo que yo deseara.  Aunque comencé a experimentar con cosméticos, los perfumes no fueron mi prioridad. Para entonces mi mamá había abandonado lo que ella llamaba “perfumes pichiruches”.

Su poder comprador había subido. A mi padre le habían aumentado el sueldo y se lo entregaba todo a ella, además mi hermano y yo también le pasábamos sumas fuertes mensuales. El hecho es que ella se aferró a las tres marcas que usaría hasta el fin de sus días: Gloria Vanderbilt, Oscar de la Renta y Paloma Picasso. Yo, firme en mi idea de crearme un estilo totalmente mío, me mantuve al margen de esos perfumes.

Lo que si le aceptaba eran las samples. Todos los fines de año, Mi Ma exigía que le compráramos unos estuches que vendían en Bloomingdale’s que traían miniaturas de perfumes de marca. Mi mamá se apropiaba de los Chanel, Givenchy, Ralph Lauren y me daba las miniaturas de First de van Cleef, Estee Lauder, Ombre Rose (que tengo puesto ahora mientras escribo), y eventualmente los White Diamonds de Elizabeth Taylor.
Estuche de Bloomingdale's de los 80.

Como eran pequeñitos era fácil guardarlos en cualquier lado. Mis vacas gordas no habían cambiado la estrechez del cuarto. Mi biblioteca había crecido y aunque dormía en un sofacama, todavía no había muros para poner algún mueble que sirviese de tocador.

Cuando cumplí 21 años, mi Mama me regaló un espejo redondo que antes de venirme se lo heredé a mi Angelita (ahí me mandó una foto). Ese espejo encontró espacio entre la ventana y la puerta del closet, pero mi tocador colgaba de la puerta del closet. Me conseguí uno de esos colgadores de ropa interior de cuatro bolsillos, uno para las limas de uña y esmaltes, otro para pintura de ojos, otro para labiales y gloss y el ultimo para los pomitos de perfume. Una colega que vino de visita se murió de la risa: “En mi cuarto tengo un tocador con espejo gigante y ningún libro. ¡Y tú tienes tantos libros que no tienes espacio para un dresser!”
El espejo y algo parecido a mi tocador

1987 fue un año de grandes cambios en mi vida. Me gradué con honores, me aceptaron (con beca y todo) en un programa doctoral, y pasaron muchas cosas estupendas y otras no tanto. Uno de los cambios es que descubrí que me irritaban los perfumes finos y comenzó una predilección en mi por perfumes más naturales y con aromas florales. Así descubrí la Island Gardenia de Jovan, la Lavanda de Yardley, Le Jadin y unos perfumes maravillosos que hacia Alyssa Ashley y que hoy están totalmente descontinuados.

La colección “Flores de Francia” traía en unos frascos tubulares esencias de flores frescas. Los frascos iban coronados por tapas plásticas en tonos pastel: azul lavanda para la lila; marfil para gardenia y rosa, por supuesto, para el de rosa. Además de esta asombrosa colección, también comencé a pedir por correo perfumes de catálogos de tiendas especializadas en aromas de flores como Woods of Windsor, Casswell&Massey y Crabtree y Evelyn.

Entonces estas firmas se hacían propaganda en catálogos en papel, hoy las pueden encontrar todas en línea. Únicamente que hoy las esencias están bastante caritas y ya han desaparecido algunas fragancias como la Damask Rose de Caswell-Massey. El catálogo de Crabtree y Evelyn ya no vende perfumes.

 
(Algunos se pueden todavía conseguir en Amazon).


Hubo momento en mi vida, a fines de los 80, en que creí que todos mis sueños se cumplirían, que iría a Oxford, sería una Rhodes Scholar, ganaría una beca Fullbright que me permitiría desplazarme por toda Europa, y me casaría con un hombre con un tremendo futuro (léase, lo iban a nombrar decano). Fue ahí que los aromas a florecita pasaron a perdida y los reemplacé con perfumes de marca y personalidad como el White Linen de Estee Lauder y el Liz Claiborne que venía en esas fantásticas botellas triangulares,  y que en mi piel adquiría olor a membrillo.
Identificación de maestra de Baruch College (1988) en mis días de Claiborne.

Malena Medioambientalista
Como ha ocurrido cada vez que siento que voy a alcanzar el brass ring como se dice en inglés (ósea cumplir mis sueños) descubrí que todo era una ilusión. Las monedas de oro se volvieron carbón y tras pasar una serie de tragedias— algunas graves, otras jocosas— arrivé como naufraga emocional a las costas de La Facultad de Bibliotecología.

The School of Library and Information Science de Queens College, es junto con mi secundaria Ezra Academy, el único sitio donde me he sentido realmente cómoda, en paz y útil. Solo que tal como en Ezra el precio era llevar una vida ortodoxa (ergo moderna), aquí se esperaba que una fuera una profesional demócrata, de mente amplia, políticamente correcta y abrazadora de causas. Así fue como Malena se volvió… ¡Medioambientalista! Si, si también pase por esa fase.
Bibliotecarias en su graduación (1993). Malena (medioambientalista) es la enana del medio.

Parte de mi reinvención, fue una remodelación de mi cuarto. Mi hermano me colocó repisas en las paredes por lo que mis libros ya no quitaron espacio. Adosando mi sofá cama a la ventana dejé una pared libre para mi escritorio y primer PC. Hubo toda una pared para libros, televisor y VCR, e incluso para una pila de cajoneras de bakelita con las que, ante el espejo, creé mi tocador.

Aun con todos estos muebles, todavía tenía espacio tras la puerta y cercano al closet. Ahí coloqué una gran cómoda de roble estilo colonial que me regaló Mi Ma. Hoy se la heredé a la Angelita. A pesar de que mi Ma le trizó la cubierta, en estos últimos años, plantándole encima enormes y pesados televisores, todavía tiene sus cajones intactos. Como era muy parecida la de mi hermana, me volvió a nacer el deseo de una colección de perfumes. Pero, oh, ¡qué pesar! Ya eso se me estaba prohibido.

En mi nueva faceta de medioambientalista rechazaba todo perfume con contenido sintético, todo lo que fuese toxico para la atmosfera (¡fuera aerosoles!) y por supuesto, toda marca que usaba animalitos como Conejillos de Indias.  Eso me llevó a una etapa fascinante, pero ardua, en la que preparé, mis propios perfumes y productos de belleza.

Por casi cinco años sostuve un estilo de vida que oscilaba entre los aspectos más benignos de la ideología Blut und Boden y la religión Wiccana en la cual mi alimentación, mi salud y mi arreglo personal estaban en manos de preparados hechos por mi propia mano con un énfasis en lo fresco y natural. Mi cocina fue un éxito, y tuve buenos logros con la homeopatía y herbolaria en las que todavía confío.

Los productos de belleza me dieron resultados mixtos. Las cremas me quedaban muy bien, hice un tonificador de piel con base de brandy que funcionó de maravillas, pero para no usar desodorantes en espray, me fabriqué uno con polvo de arroz y canela molida que no solo no ahuyentó el sudor, sino que dejó mi ropa con manchones color ca….nela.

Mi experiencia como perfumista fue fascinante, pero muy pesada y con malos resultados. Conseguí hacer un agua de rosas pasable, pero nunca pude destilar aceite esencial ni de rosa ni de otra flor. Eso me llevó a la búsqueda de aceites esenciales en diversas tiendas. Hoy se pueden encontrar en cualquier lado, pero a comienzos de Los Noventa, no eran fáciles de conseguir.

Así caí en una tiendita llamada algo así como “La Guarida del Gato” en Austin Street, a unos pasos de la tienda de artículos de arte “Minsk” (hoy ninguna de las dos existe). A pesar del nombre, era una tienda muy soleada con dependientes simpáticos y toda clase de artículos esotéricos, incluyendo una amplia gama de aceites esenciales. Alerta, los aceites esenciales pueden ser útiles en magia, aromaterapia o para perfumar el medioambiente, pero no todos se llevan bien con nuestra epidermis. Así lo descubrí tras muchos esfuerzos trial and error y mucha comezón.

La solución apareció de manera mágica como todo en aquel entonces. Su nombre era/es The Body Shop. Para 1993, cuando yo estaba empleada en la Biblioteca Hevesi, el área de Queens Boulevard y Austin Street en Forest Hills se convirtió en mi reino. Fue entonces que a la vuelta del teatro Midway, en toda la esquina de Austin Street se instaló The Body Shop, un paraíso para la consumista medioambientalista.

Entremedio de todos sus productos ecológicos, The Body Shop traía una colección de aceites esenciales para perfumes. Así me encontré con el aceite esencial de vainilla que todavía expende y que se convirtió en mi perfume favorito (de hecho, mi hermano me lo siguió mandando a Chile hasta el 2000).

Además, The Body Shop también vendía perfumes propios y como la vainilla se había convertido en mi sello personal, me compré esta maravilla que todavía uso. Hoy, justo cuando estoy viviendo en Forest Hills, ya no está esa tienda, pero tengo mi tarjeta y cuando puedo voy al Mall de Roosevelt Field a comprar allá.

Aunque no podía tener colección de perfumes, mi gran cómoda sirvió para guardar mis implementos de fabricación de cosméticos y medicinas, mis ollitas esmaltadas (nunca se debe usar nada de aluminio en estas preparaciones), mis cucharas de madera y estas cestitas de mimbre donde guardaba mis frasquitos de hierbas y flores secas.

Perfumeria Chilensis
Cuando volvimos a Chile, mi mamá se quedó con la cómoda, yo me quedé con los cestitos. Mi cuarto en la casa de Agua Santa parecía grande pero una pared estaba cubierta de ventanas, otra con closets, cuando se abrían sus puertas se quedaban con la mitad de la poca pared que había. Nuevamente privilegié espacio para libros y computadora. El espejo lo colgué tras la puerta del closet y para peinarme y pintarme tenía que usar el baño.

La humedad de esa casa convirtió mi colección de hierbas y flores secas en bolas de moho. Aunque mi cuñada me envió un frasquito de aceite de gardenia, mis esfuerzos por crear perfumes fracasaban en ese clima. Se me ocurrió probar uno en Maurito. Además de escocerlo, mí Ma (nunca fue muy correcta políticamente) se enfureció gritando” ¡Ahora el gato huele a mari…!)

Bajo esas condiciones no tuve más remedio que ver que ofrecía Chile en términos de perfumes. Como la perfumería autóctona no pasa de la Colonia Coral y otras aguas perfumadas, había que hincarle el diente a lo que pasaba por marcas reconocidas mundialmente. Las versiones chilensis no me dejaron satisfecha.

Por cortesía, le compré a una prima política un Anais Anais que debe haber sido más falso que los diarios de Hitler porque me enronché entera y olía a vinagre más encima. Con mi primer sueldo, el 97, me compré mi primer Givenchy, Fleur d’Interdit que más olía champaña que a perfume.

Tras eso decidí no gastar más en malos perfumes de renombre y probar algo que yo supiera era el verdadero y original. En 1998, ante el shock de mis compañeros de trabajo en la Universidad Católica, anuncié que no usaría joyas de verdad para la calle porque asaltaban hasta en la micro y que mis perfumes los comprarían en L’Bel, una compañía peruana.

L’Bel ofrecía a buen precio perfumes muy agradables (sigue existiendo y me imagino que en America latina se pueden comprar en línea). De todas las esencias recomiendo el delicioso Liassons que, aunque contiene lirio del valle, iris y heliotropo, en mi piel pasaba a oler a violetas.

El siglo XXI me encontró sepultada en una zona medio rural (vivía entre una calle pavimentada y otra de tierra) en la frontera entre Villa Alemana y Peñablanca. Ahí viví un poco más de un año, creyéndome pobre y desvalida. No es cierto, al menos tenía mil dólares en el banco y un empleo en que me pagaban once dólares por artículo, solo que era un artículo semanal. Digamos que ese año, los perfumes fueron lo último en mi cabeza.

Como siempre, mi suerte volteó de improviso. Me hallé viviendo en una casa donde por primera vez teníamos Mauro y yo un espacio privado para ambos. Agreguémosle el empleo mejor remunerado que he tenido en mi vida y comencé a soñar que mi cuarentena seria fantástica. El ganar un millón de pesos mensuales también me hizo voltear la nariz nuevamente al mundo de los perfumes. Con Janet Astete nos fuimos entonces a los mesones perfumeros de Ripley, Falabella y Almacenes Paris. Pronto la mesita que me servía de tocador se llenó de Givenchys, Boucherons y Bulgaris.

Perdiendo el Olfato
Para el 2004, después de tres años de bonanza económica, consideré que era hora de vivir sola e independiente. Mauro y yo nos trasladamos a un departamento en Recreo. Lo que no consideramos nunca es que iba enfermarme lo que destruiría todo sueño de independencia. No voy a entrar en grandes detalles de lo que muchos de ustedes ya saben. Lo que creí una rinitis aguda acabó en un diagnóstico de desgarro en la meninge por la cual se colaba el líquido raquídeo.

Por razones económicas y personales, me negué a operarme, eso me convirtió en una persona semi invalida, una fuente surtidora de líquido cefalorraquídeo que manchaba el piso mojaba mi ropa hasta el punto de que mínimo debía mudarme dos veces al día. Yo me sentía freak total y comencé a llevar una vida de ermitaña, me daba vergüenza salir a la calle. Además, se presentaron otros síntomas como dolores de hueso, vómitos, tos crónica y se me adelantó la menopausia.

Para colmo, tras tres años de sufrir esto, comencé a perder el olfato debido a que el líquido me quemaba las fosas nasales. En ese estado me encontró Janet Astete cuando vino a visitarme desde Suecia en el 2007. Me trajo un frasco de Stella de Stella McCartney. Un mes y medio más tarde la fuente se secó y yo recuperé mi olfato, a tiempo para oler esta maravilla, como todo lo que lleva el sello de la hija de Sir Paul.

Aunque nunca más fui una mujer sana, y tampoco recuperé lo que perdí en tres años de mi vida, las cosas mejoraron. Al punto que en el 2008 tomé un segundo empleo, por un año. La combinación de dos sueldos me permitió ahorrar un poquito, hacerme un arreglo completo de dentadura en Capredena, y retomar la ilusión de coleccionar perfumees. Esta vez decidí solo probar perfumes clásicos fabricados antes de los 80. La búsqueda fue frustrante, aun en perfumerías especializadas.

Mi primer hallazgo fue el Arpege de Lanvin. A pesar de su hermoso estuche lila, el perfume era vomitivo, mitad sulfuro, mitad azufre. Muy lejano al aroma del pomito negro con cúpula dorada de la colección de mi madre. Obviamente, nadie se había molestado en informarme de la existencia de las reformulas.

Me di por vencida con lo que podía encontrarse en Chile, a pesar de que tuve un reencuentro con Tabú en la Farmacia Ahumada que me ha tenido usando el perfume prohibido hasta hoy. Gracias a mi hermano comencé a encontrar clásicos en Amazon.com. Algunos estupendos como el Emeraude de Coty que ahora en mi tercera edad resultaba ser más aromático, otros como Pavolva que no me gustó tanto y se lo regale a la Angelita. Finalmente conocí un perfume antiquísimo la Violetta di Parma de Borsari que llegó acompañada de un atomizador de esos antiguos con un pequeño fuelle. Otra cosa que perdí al venir.

Fueron estos últimos perfumes los que me acompañaron cuando regresé a casa de mis padres, en otro revés de fortuna. Entre el 2013 y el 2016, no hubo tiempo ni dinero para armarme de colecciones. En las pocas ocasiones en que gane algún dinero solo me alcanzaba para colonias Coral o loción Adidas. En una ocasión, en el 2014 mi mamá compro Obsession de Calvin Klein. No le gustó y me lo regaló. Fue el único perfume de marca que adquirí en esos años. Cuando llegó el momento de empacar mi magro equipaje para retornar al Imperio, metí solo mi restito de Emeraude y una botellita de Tabú. Con eso llegué a Nueva York, pero mi falta de provisiones iba a durar muy poco.

El Embrujo del Consumismo
Acabo de celebrar mi tercer aniversario en Nueva York. Llegué el 27 de diciembre del 2016. Dos semanas más tarde, mi hermana ya estaba llevándome al mall de Elmhurst a conocer The Bath and Body Works. Ahí adquirí un frasco de crema de peras y frambuesa para el cuerpo y un botellón de colonia con aroma granada y limón. Pero eso no pasaba de ser un splash para después de la ducha.

Al mes de estar en New York había caído bajo el embrujo del consumismo. Mi hermano a cada rato hacia pedidos a Amazon. Ahora podían enviarme perfumes a la casa y descubrí el maravilloso arte de los atomizadores en miniatura. Así pude apreciar caros aromas como el Diorissimo que la Gatita Maricarmen me envió de Miami y el Quelques Fleurs de Houbigant que me regaló mi hermano y que me permitió reabrir este blog.

Para el verano del año pasado, cuando Latinas de Ayer se convirtió en pasarela de mis aventuras como somerlier de perfumes, yo ya tenía mi colección. Mi sueño se había hecho realidad. Entre Amazon.com, Fragrance. Com y el local que esta última firma tenía/tiene en Roosevelt Fiel Mall me había aprovisionado. Ahí yo había descubierto que White Shoulders ya no era un perfume que usó mi abuela sino una repulsiva reformula. Sufrí desilusiones como con Wild Orchid de Elizabeth Taylor y maravillosas sorpresas como con Champs Elysees, mi primer Guerlain, que mi hermana Vicky me obsequió para mi cumpleaños número 58.

Como lo que menos había en el departamento de soltero de mi hermano era espacio para tocador, el me regaló esta maletita para ir guardando mis tesoros. Cuando se me acabó el espacio, comencé a almacenar frasquitos pequeños en cajas vacías de pañuelos desechables. No se necesita ser Greta Thurnberg para saber reciclar.


En este año, yo y mis “perjumenes” nos hemos trasladado a Forest Hills a un departamento más amplio. Aquí se ha cumplido uno de mis sueños, tener una cómoda grande y dedicar un cajón para mi colección. En este momento el cajón está ocupado por aromas de primavera y verano. Los que uso en invierno están más a mano y ocupan un estante de uno de mis libreros.
Perfumes de primavera
Perfumes de invierno.

Mi colección es dinámica, no solo estoy adquiriendo nuevo material permanentemente. También los perfumes que no uso, o que tras comprar descubro no son para mí, van pasando a manos de mis amigas. Es una manera de legar en vida, unos tesoros que no esperé llegar a poseer.

Esa es mi historia “perfumera”. ¿Cuáles han sido las fragancias que han marcado su vida? ¿Han probado a coleccionar perfumes?  ¿O a fabricarlos?


miércoles, 15 de agosto de 2018

Cine Retro, 1974 y la Era Gatsby


La midifalda murió debido a que era una prenda poco practica, poco flexible, poco estética, pero los Setenta se caracterizarían por ser una era totalmente nostálgica lo que afectaría la moda más allá del largo de un vestido. Los diseñadores volcarían sus ojos a la Depresión, a la Segunda Guerra Mundial y,  ya a finales de la década, a la Era del Rock, y en 1974 un filme crearía toda una tendencia retro.
Como hemos visto en este repaso de la Guerra de los Largos, el cine tuvo una fuerte influencia en  las faldas femeninas. Un factor que servía de puente entre la pantalla grande y la pasarela era el auge de la nostalgia.

La Neo Nostalgia de los 70
La nostalgia per se no era novedad. Desde la Depresión que se había hecho costumbre volver los ojos a décadas anteriores para recordar prosperidad y valores perdidos. Esto influía tanto sobre  la moda como en la cultura popular. Pero en los 70s hubo una variación. Más allá de enaltecer, recordar o recobrar el pasado, se buscaba  adaptarlo, al menos en lo que se refiere al vestuario, a los prosaicos 70.

La década fue muy dura para los Estados Unidos (ni hablar de América Latina). El deshonroso final de la Guerra de Vietnam, el bochornoso caso de Watergate, la crisis económica, el boicot del petróleo, etc. Se necesitaba escapar. ¿ y qué mejor manera que  a través de un cine nostálgico?

No solo América se rendiría a la nostalgia. En el Reino Unido hubo un renovado interés por la Era Edwardiana,  en el cine con “Las 4 plumas “y El joven Winston” y en la televisión con “Lillie””La Duquesa de Duke Street” y sobre todo “Upstairs Downstairs”. Pero las décadas que más influirían en los Sesenta, serían las más terribles del Siglo XX: los 30 y los 40.

Era como si se quisiera rescatar lo más bello de entonces (música, cine, moda) a la vez que se presentaba— casi como una fábula con moraleja— los peligros que habían asolado al mundo debido a depresiones financieras y al apogeo de dictadores. Había algo de macabro en la perfecta recreación histórica de música, decorado, costumbres y estilos de vestir. Esa fue otra novedad de ese culto a la nostalgia.

Hasta 1970, a menos que se tratase de un filme que tenía lugar antes del Siglo XX, el vestuario era estrictamente el del momento. He visto películas de los 20,  hechas en los Cincuenta, en que las actrices se pasean con tacones de aguja y faldas bouffant. El colmo fue un filme italiano de los 60 que tenia lugar en la Segunda Guerra Mundial, pero la protagonista aparecía con pelo lacio, botas y mini. La misma “Bonnie y Clyde”ni se acercaba a lo que hubiera usado la verdadera ladrona. Basta compararla con la versión para televisión del 2013. Otro gran ejemplo es “La Novicia Rebelde” que aunque tiene lugar en el Anchluss (1938) trae a Julie Andrews vestida a la usanza del año en que produjo el filme, 1965.
La verdadera Bonnie Parker vs Holiday Granger

Fraulein Maria y su anacrónico vestuario


Los 30 se Ponen de Moda
Eso cambió con filmes europeos como ” Borsalino” (Francia, 1970) que nos brindaba a Jean Paul  Belmondo y Alain Delon convertidos en mafiosos en la Marsella de 1930. Las modas eran particularmente parecidas a las de ese tiempo. Yo vi “Borsalino” en el 71 y fue otro ejemplo del tipo de vestidos que yo soñaba vestir.

Ese mismo año, el cine italiano volvió sus ojos a un pasado cercano, los años del fascismo con la adaptación de dos éxitos literarios de la posguerra: El Conformista de Alberto Moravia y El Jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani.  Ambas fueron protagonizadas por Dominique Sanda que se convertiría en un símbolo de esa belleza de los Treinta, a pesar de que no volvería a hacer un filme situado en esa década sino hasta el “1900” de Bertolucci,  en 1976.




Dominique Sanda en El Conformista

Dominique Sanda en El Jardín de los Finzi Contini













En 1971, la Academia premiaría “El Jardín” como la mejor película extranjera del año. Pero más importante fue su influencia en el vestuario que explica este traje sastre de la portada de una Hola de 1971.





Para 1972, la cultura popular inglesa exigía anualmente una dosis de cine nostálgico situado en eras exóticas como los 30. Así tuvimos a Dame Maggie Smith luciendo la ropa de esa década en la adaptación de Viajes con mi tía de Graham Green. Para la televisión, Richard Chamberlain, ya encaminado a una carrera de ídolo de las miniseries,  interpretaba al Rey Eduardo VII en “The Woman I Love”. Fay Dunaway era la ultra chic Wallis Warfield.















Pero seria en Hollywood, donde se abriría la temporada de la nostalgia con dos filmes, hoy legendarios: “El Padrino” y “Cabaret” ¿Quién se ha olvidado de esa pamela gigante que Diane Keaton lleva a la boda de Constanza Corleone? ¿O del vestuario sencillo de siciliana de fines de los 40 de Apolonia, la primera esposa de Michael Corleone?


“Cabaret”, aparte de la magnifica banda sonora, trajo modas de comienzo de los 30, tanto en  la abigarrada vestimenta de Sally Bowles (Liza Minelli) como el chic glamour de los atuendos de Natalia Landauer (MarisaBerenson).  Y si alguien tiene alguna duda sobre la influencia de este filme sobre la moda, basta ver a Marisa, ese año,  modelando un St. Laurent que es una copia de lo usado en “Cabaret”.
Marisa Berenson en Cabaret


Marisa Berenson en St. Laurent

St. Laurent definitivamente se había dejado ganar por la nostalgia, lo demuestran estos modelos también del 72.Hubo un interesante giro de la moda ese año, aunque las faldas se llevaran cortas desde la cintura para arriba se lucían looks antiguos con sombrero y todo. Ese es el caso de Anjelica Huston y este modelo de Valentino.


No se puede dejar de hablar de filmes retro de 72 sin mencionar “Lady Sings the Blues”. En plena era de los Blaxploitation films, fue una refrescante novedad ver a la famosa cantante Diana Ross dar vida a la legendaria Billie Halliday con un vestuario estrictamente de los años 30.

Y el Oscar al Mejor Vestuario es para….
Otro  medidor de la influencia de la moda eran los Oscares al mejor diseño de vestuario. “El Padrino” fue nominado el 72, pero le ganó “Viajes con mi Tía”. En 1973, el premio haría historia al ganarlo un filme donde el vestuario era casi exclusivamente masculino.

 Robert Redford, Paul Newman y Robert Shaw fueron considerados los mejor vestidos en el cine de ese año gracias a “The Sting”, uno de los filmes que seguía el trend del cine-de-nostalgia-de-la depresión. Ese año, Tatum O’Neal también hacia historia ganando un Oscar como mejor actriz por “Paper Moon.”, otro homenaje a la Depresión.

“Paper Moon” tuvo una breve carrera como serie de televisión. Creo que no superó una temporada. ¿Qué importaba si una de las series mas vistas en la televisión eran “Los Waltons”. A partir del 72 hasta 1981 vimos a una familia de las montañas de Virginia sobrevivir la Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

Volviendo a 1973, Robert Redford había encontrado su espacio en el cine de nostalgia. Ese año también hizo pareja con Barbra Streisand en “The Way We Were?”(Nuestros años felices) . Otro filme que fue nominado como mejor vestuario por una historia que va desde 1937 hasta la Era McCarthy. Una influencia de ese filme fueron los pantalones femeninos que dejaron de ser ajustados en el muslo y acampanados de la rodilla para bajo (el estilo “pata de elefante”) para retomar el diseño de los pantalones de los Treinta, sueltos y amplios desde la cintura hasta el tobillo.


 La moda estaba reflejando aquí y acullá lo que bajaba de la pantalla. Lo notamos en la Hola y en 1973 Sonia Rykiel comenzó a hacerse conocida con sus extravagantes diseños. Este sweater es horrible, pero la falda no está mal.

Modelo de Sonia Rykiel

La Era Gatsby
Así llegamos a 1974,  un parteaguas en la moda y todo gracias al cine. Ese año, Robert Redford interpretaría al trágico anti héroe de Scott Fitzgerald en “El Gran Gatsby” (la mejor versión). Es indudable que este filme, de Jack Clayton,  contribuyó tremendamente a un estilo de vestir que incluso lleva su nombre, pero 1974 tendría otros dos filmes , también nominados al Oscar, cuya influencia seria mas notoria y duradera. Y tenemos que mencionar también "Amacord"el homenaje de Fellini a la Italia de su infancia que ganaría el Oscar del 75 como Mejor Filme Extranjero.

El primero es una de las muchas, pero quizás la más elegante,  de las versiones de Asesinato en el Expreso del Oriente  de Agatha Christie. La otra es una nueva ocasión para Faye Dunaway de implantar modas. Hablo de la obra maestra de Roman Polanski “Chinatown”.  El vestuario de Evelyn Mulrway  (Dunaway) es deslumbrante,  lo suficiente como para hacer a la espectadora desear copiarlo. Y se copió, al menos por los próximos cuatro años. Aqui el melange hecho para la categoría del mejor vestuario en los Oscares de 1975 (que ganó Ël Gran Gatsby").

Sin embargo, para los que vivimos ese año en el Hemisferio Norte ( mi primero en el Primer Mundo)  lo memorable fue la moda “Gatsby”. Es triste pensar que hoy cuando uno menciona esas dos palabras se piensa en Leo Di Caprio, demasiado grueso y viejo para ser el héroe romántico de Scott Fitzgerald, o esa Carey Mulligan tan siglo XXI, tan común y silvestre,  y esos trajes de cosplay como escapados de baúl de disfraces de Halloween.

La versión de 1974 se caracteriza, no solo por su soberbio reparto,  sino también por su belleza: belleza física de los actores, belleza de Rhode Island fingiendo ser Long Island (esta película fue filmada en casas, no en dibujitos digitales como la del 2011), la belleza del vestuario y la de la iluminación. No sé como lo consiguieron, con qué se cubrió la cámara, pero la luz de todo el filme es o dorada o gris azulada. Unos tonos perfectos que dan la impresión, sobre todo en los interiores,  de que el mundo se ve a través de visillos de muselina.

Gatsby pondría de moda los trajes blancos Palm Beach para los caballeros (confeccionados por Ralph Lauren para el film), y la industria de la sombrerería resurgiría con los picture hats de las damas  y los trilbys y fedoras  de los hombres.  Hasta hubo un renovado interés en automóviles de la época y el turismo en Newport cuyas mansiones habían sido usadas para la filmación,  tuvo un renacimiento, pero era la moda femenina  la que capturaba la imaginación de las espectadoras y de los modistos.

Para ser francos, es una moda un poco artificial. Una visión muy personal de Theoni V. Aldredge y que le ameritaría un Oscar y un Bafta por Mejor Diseño de Vestuario. No es que sea anacrónica o falsa. El personaje de Karen Black, su hermana, las invitadas de Gatsby, y hasta cierto punto Jordán Baker (Lois Chiles),   todas visten a la moda de 1925,  el año en que se publicó la novela, pero no así  la protagonista Daisy Bucachan. Todo el vestuario de Mia Farrow está hecho de material muy delicado (para sobrellevar el calor insoportable de ese verano neoyorquino en un mundo pre-aire acondicionado) muy refinado, pero también misterioso.


El libreto de Francis Ford Coppola hace hincapié en el aura fabulosa de Daisy y como hechiza con esa impresión de ser de otro mundo tanto a Gatsby como a su primo Nick Carraway. Scott Fitzgerald creó a Daisy como una copia de su esposa Zelda. La novela la empezó a escribir cuando estaba recién casado , pero la acabó en Europa, tres años más tarde cuando ya estaba desilusionado de Zelda y ella manifestaba señales de enfermedad mental.

Gatsby es la historia de una obsesión con algo que no existe y que le cuesta la vida al obsesionado. Al final, Nick descubre que su prima no es la mujer que Gatsby idealizó. Sin embargo,  a lo largo de la novela, Nick también ha creído en esa ilusión.

Aprovechando el apoyo de la imagen visual, Coppola convence al público de que Daisy es un ser sobrenatural, una criatura elegante, sublime,  casi intangible. Y Theoni la viste como tal con texturas sutiles y livianas como la gasa, el tul, la crepe de chine, el tafetán. Telas que se desplazan con ella, trasparentes, gráciles como las alas de una libélula. Para aumentar ese efecto, Mia Farrow complementa la ropa con capas, bufandas y mangas breves o pagoda que también añaden movilidad y esa sensación de que Daisy es empujada por una brisa propia.

Las capelinas, además de proteger del sol,  le dan al personaje una sensación romántica y remota. De hecho, Mia no usa los cloches en boga sino hasta la escena final en ese encuentro con Nick, donde para él la prima cae definitivamente del pedestal donde quería que la situaran. incluso cuando va Daisy a una fiesta en el palacete de Gatsby cubre su cabeza con una malla hecha con pedrería que le da el aspecto de un objeto de arte.

Sin embargo, a pesar de que Daisy es un ideal, también es un objeto de seducción y Theoni puede haberse inspirado en el vestuario de Greta Gabo en The Devil and the Flesh, donde su Felicitas proyecta su oscura,  pero poderosa sensualidad gracias a telas trasparentes y velos.
De la Pantalla al Escaparate
Si me he detenido tanto en el vestuario es porque, pocos filmes han tenido tanta influencia en la moda de un año. Y paso a contar de lo que yo fui testigo en ese tiempo. En 1974, yo leí en El Mercurio, que se estaba filmando “El Gran Gatsby ”con Mia Farrow y Robert Redford. Aunque no había leído nada de Scott Fitzgerald, si sabia algo de su vida, pero para su estreno yo ya  no estaba en Chile.

En junio de ese año, cuando “El Gran Gatsby” ya había estrenado en USA, nos fuimos a Nueva York. En Chile era invierno y MI Ma me hizo ponerme para el viaje  jeans,  sweater, botas y un Montgomery. Eso a pesar de que sabía que en Estados Unidos estaban en verano. Yo creo que lo hizo para no cargar con tanta ropa en su maleta.

El caso es que hicimos escala en Perú. En un café en El Callao me vine a dar cuenta de dos cosas, que los pasajeros se estaban cambiando de ropa , obviamente para no morirse de calor o lucir ridículos al llegar al Aeropuerto Kennedy. Lo otro es que la ropa que se estaban poniendo las mujeres no se parecía a nada de lo que yo ya había visto en Chile. Una de ellas venia en un dos piezas de una tela tan ligera que la falda, amplia y larga,  parecía deslizarse sola. Era color verde almendra con un moño azul marino en el cuello que hacia juego con un sombrero azul . Todo un espectáculo.


Bueno, nuestra llegada a Nueva York coincidió con varios descubrimientos, uno que Mi Ma me había traído solo ropa de invierno (nueva,  de su tienda) así que tuve que pedirle prestada blusas y hasta ropa interior: Otra,  que a pesar de poder leer en inglés, no entendía yo nada de cuando nos hablaban. Como , aparte de mi padre, era la ‘única que “se suponía” bilingüe en la familia, mi falencia nos hacía depender de mi padre que trabajaba todos los días. Para resumir, tuvimos que esperar hasta agosto para que se tomara unos días para mostrarnos la ciudad.

Como vivíamos en Queens,  siempre ir a Manhattan era ir a otra ciudad, una mas glamorosa. MI mamá nunca fue una buena turista, nunca le interesó ir a museos, subir al Empire State o conocer la Estatua de la Libertad. Ella quería ir a Park Avenue, y a Saks en la Quinta Avenida. Así es que tomamos el tren hasta allá, nos pusimos a caminar y a mirar los escaparates.

Después de haber visto un par de tiendas, además de Sacks, Mi Ma y yo nos miramos asombradas.¿ Por qué todas las tiendas ponían ropa de dormir en las vitrinas?  Es que todos los vestidos seguían un mismo diseño: faldas largas vaporosas, telas finas y dúctiles, tonos pastel o dorados.  Obviamente se trataba de camisones. Lo extraño es que las maniquíes también lucían largos collares de perlas, sombreros, y bufandas de seda como la que ahorcó a Isadora Duncan.

Por fin, nos atrevimos a entrar en una tienda. Mi padre interrogó a la dependienta que nos explicó con una sonrisita de suficiencia, que estábamos en presencia de la onda “Gatsby”. En otro momento me hubiera muerto de vergüenza, pero estaba demasiado ocupada viendo lo que ella traía puesto. Blusa de tafetán negra transparente, y una falda larga color verde bosque. Ósea, había gente que se vestía así, mujeres de carne y hueso. Salimos del tienda y nos preguntamos si realmente habría gente que se podría esos “camisones” para andar por la calle. La respuesta no se tardó en llegar.

Eran como las siete de la tarde cuando comenzamos a caminar hacia la estación de tren. Como era verano, el atardecer  estaba lleno de luz, pero la calle que,  hasta hacía unos momentos estaba colmada de gente,  ahora se sentía casi vacía… de pronto comenzaron a aparecer mujeres. Mujeres jóvenes o de edad mediana. Solas, acompañadas de otras mujeres,  algunas del brazo de hombres. Mujeres entrando a restaurantes, subiendo a taxis, saliendo de edificios.

El vínculo en común es que todas parecían haber descendido de los escaparates de las tiendas. Algunas llevaban collares de perlas, otras bufandas, otras sombreros, pero todas estaban envueltas en esos vestidos flotantes que le daban un aire fluido al andar.



Mi papá nos explicó que a esta hora la gente iba a tomar un aperitivo, o a cenar,  o al teatro en Broadway, que por eso las damas elegantes bajaban a la calle y se dejaban ver en sus mejores atuendos. Oí que mi padre le susurraba a mi mamá que algunas de esas niñas eran Call Girls de categoría que iban a reunirse con clientes. No me importaba que trabajo desempeñaran,  yo quería ser como ellas.
La anécdota sirve para expresar el impacto de un vestuario totalmente artístico, prodigioso y sensual en el verdadero sentido de la palabra. Era un vestuario suave de tocar, hermoso de ver y con sonido propio. Rememorando ese tiempo,  anoche en la cena, mi hermano me contó que hace unos años asistió a una exhibición del vestido en Cooper-Hewitt. Estando él  cerca de una fila de maniquíes vestidas de flappers, entró una brisa que inmediatamente estremeció a los muñecos y de esas faldas de shantung y crepe de chine,  surgió un sonido como de merengues desmoronándose.

No es necesario decir que tan preciosa ropa era solo para ocasiones festivas y formales. Nadie iba al trabajo en ese tipo de tenida, por lo que no volvería a tropezarme con ella  ni en mi escuela ni en la calle. Era algo para ver en las revistas , en fotos de desfiles de moda de grandes casas,  o de fiestas del jet set. En la edición parisina de Vogue ese otoño apareció un modelo que pretendía ser más “cotidiano”. Falda y capa de seda gris plateada en combinación con sweater de jersey y bufanda de  cachemira. Obviamente nadie iba a ir a dar clases o a atender enfermos en un hospital con tal vestimenta.

Los Grandes de la Moda
Ese año, los grandes diseñadores experimentan con lo que han visto en la pantalla grande, no solo en “Gatsby” sino en “Chinatown” también. Nina Ricci le hace un guiño  a la moda Gatsby con este modelito.

En cambio,  Oscar de la Renta acompaña  un vestido de falda acampanada con corte en la cadera, muy Flapper con un fedora blanco parecido a los usados por Faye Dunaway en “Chinatown”.

La Casa Dior también prueba con  la fusión de décadas y estilos, y crea trajes que no se verían mal en áreas de trabajo.

Para el invierno, Valentino diseña este magnífico abrigo de paño negro ribeteado de piel de leopardo,  digno de Marlene Dietrich.

El camisero es una prenda que nunca pasa de moda, los modistos del 74 deciden alargarle el dobladillo y darle un toque vintage. Así luce la propuesta de Balmain. Estilo sobrio, que recuerda finales de los 30s, pero confeccionado en un vibrante y moderno color calabaza.

Laroche le va a la onda Gatsby, escogiendo un estampado vaporoso, pero lo acopla con un severo blazer negro y un sombrero hongo en el mismo tono. Perfecto para la profesional que trabaja fuera de casa.

Lanvin sin embargo va más lejos. Su camisero tiene falda más amplia y acampanada, y el tailleur que presenta ya se ve como algo de los Cuarenta.

El que está definitivamente en los 40 es Halston y lo prueba con este traje que Lauren Hutton modela para Vogue y que parece diseñado  para Mary Astor en “El Halcón Maltes”.

Una joven diseñadora combina estilos para crear otro compromiso entre mini y midi falda. Es en 1974 que Diane von Furstenberg inventa el “ïnfamoso” wrap dress. Ese modelo que perdura hasta hoy ha provocado un sinfín de bochornos públicos. Lo sabré yo, son especialmente peligrosos en días de viento o cuando una baja a la carrera le escala del metro. El público ascendiente se entera de que color son tus calzones.

Pero que se puso de moda esa prenda lo demuestra esta fotografía de Carolina de Mónaco de 16 años y que ya perfilaba como un icono de la moda en un wrap. La Princesa Grace, en cambio luce un vaporoso vestido estampado de onda Gatsby.

¿Y en América Latina?
Hemos hablado de lo que se vestía en Nueva York y lo que confeccionaban los maestros de la moda, ¿pero cómo se vivía esta tendencia “Gatsby ”en América Latina?  Mi triste impresión es que no se vivió sino hasta un año más tarde. A juzgar por las telenovelas se le desconocía totalmente. Así vemos a Angelica Maria en vestido corto en su éxito del 74 “Ana del Aire” Lo mismo puede decirse de Jaqueline Andere en minifalda en "Ha llegado una Intrusa", ese mismo año.


Ana del Aire

Sin embargo, esta revista argentina anuncia para la primavera (septiembre-diciembre) unos modelos más largos, más retro. Y la revista colombiana  Laura   nos muestra al lado de un mini, un dos piezas con falda larga.


Además, los medios de comunicación bombardeaban a las Latinas de Ayer con mensajes de que para estar al día había que volver los ojos al pasado. Así lo vemos en Vanidades y en la portada del Buenhogar.


La onda “Gatsby” desapareció en unos meses,  pero sentó un precedente y marcó el camino para el resto de la década: retro, exótico, etéreo y con toque femenino “a la antigua”.