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lunes, 12 de abril de 2021

Aromas del Ayer: Chanel, Los Nazis y la Perfumería Francesa

 


Ya una vez le hablé sobre Madame Gres y su misteriosa sobrevivencia en el Paris Ocupado, pero no es el único eslabón entre la perfumería y el Holocausto. Desde la triste historia de la heredera de Van Cleef &Arpels hasta la “Agente Westminster”, mejor conocida como Coco Chanel, la historia de la perfumería francesa se entrecruza con la de la Segunda Guerra Mundial.

Para fines de los años 30, la capital definitiva del perfume mundial era Paris. La perfumería italiana apenas rozaba el nivel galo. Nada más que en 1939 las grandes marcas del perfume francés sacarían al mercado nombres como Balalaika de Lucien Lelong, Doña Sol de Renoir, Confetti de Lentheric, Alpona de Caron, Courage de Bourjois, Cordon Noir de Coty, y Transparence de Houbigant.



Un año más tarde, Paris es ocupado y las grandes casas parecen de luto.   Solo Coty y Chanel sacan perfumes ese año. No es de sorprender, ambas firmas son un símbolo de la colaboración con los alemanes.

Coty está bajo el amparo del Mariscal Pétain. Su presidente Ferdinand es diputado del gobierno de Vichy. Como tal deberemos verlo como cómplice de sus crímenes. A Coty eso lo tiene sin cuidado, lo importante es seguir creado fragancias, entre ellas la fantástica Muguet de Bois (1942). Con el tiempo he tenido que perdonarlo porque su Emeraude es uno de los pocos aromas que no me provocan alergias. Chanel es otro cuento.



La Agente Westminster

Desde la lujosa suite del Hotel Ritz, donde la ha instalado su amante alemán, Coco maneja su emporio. En 1941 crea Mademoiselle Chanel. A pesar del poder que ha adquirido al tener por amante al Barón von Dinklage, todo un jefe de espionaje, Chanel dejará atrás la perfumería y los diseños. ¿Será porque a partir de 1941 tiene que despedir a todo su personal judío y ya no le quedan empleados? No es que esto le arranque lágrimas. Desde antes de sus amores con el Duque de Westminster—el mayor antisemita de las Islas Británicas— la modista ha vocalizado su judeofobia.

                          Coco y el Duque de Westminster

Ser antisemita no le ha impedido contratar judíos o echar mano a inversionistas de origen hebreo cuando los necesita.  En 1924, Chanel N° 5 ha aparecido en el mercado gracias a los auspicios económicos de La Familia Wertheimer. El contrato estipula que los Wertheimer recibirán la mayor parte de los ingresos. Eso disgusta a Coco que decide aprovechar sus buenas relaciones con las fuerzas de ocupación para “arianizar” la perfumería de los Wertheimer y quedársela ella.

No cuenta con la astucia de sus antiguo financistas. Antes de huir a Estados Unidos, han puesto el negocio a nombre de Félix Amiot, un caballero ario. Los Wertheimer envían a un espía inglés llamado Herbert Thomas a Paris. Bajo el alias de Don Armando Guevara y Sotomayor, Thomas sustrae la formula del Chanel N°5. Así los Wertheimer pueden continuar la fabricación del aroma en un laboratorio de Nueva Jersey.

                                   Coco y Pierre Wertheimer

La mala noticia exaspera a Chanel y probablemente le quita las ganas de seguir trabajando en su rubro. En 1941, como describe Hal Vaughn en su Sleeping with the Enemy (Durmiendo con el enemigo), la coutourier entra en otro negocio, el del espionaje. Mas tarde dirá que lo hizo para liberar a su sobrino de un campo de prisioneros de guerra. Lo cierto es que Coco se convertirá en una agente nazi con el número de serie F-7124 y el alias “Westminster” en honor a su antiguo amante.



Spatz, el apodo de von Dinclage, pone a su amante en contacto con otro colaborador, el Barón de Vaufreland. La pareja parte a Madrid. ¿La misión de “Westminster”? Contactar conocidos en el mundo de la alta costura y recaudar información que sea útil a los nazis. Mas o menos lo que hace Sira Quiroga en “El tiempo entre costuras”, pero en reversa.

Nadie sospecha de esta mujer que, a sus 57 años, sigue conservándose guapa y elegante, y que es reconocida mundialmente. En Madrid, Chanel almorzará con un diplomático inglés, Brian Wallace. Nadie piensa mal. ¿Acaso Chanel no es amiga del embajador inglés Sir Samuel Hoare? No se sabe cuáles fueron los resultados, pero el sobrino es excarcelado y la modista queda en la nómina de la Abwehr.



En 1944, un oficial de la Abwehr, el Conde von Ledebur-Wicheln se pasa al campo Aliado. Entre los datos que proporciona están los de una entrevista que tuvo lugar en 1943 entre Coco Chanel y el mismísimo Heinrich Himmler. ¡Y en Berlín! Ese encuentro propició otro viaje de Chanel a Madrid.  Ahora a ver si los Aliados estarían dispuestos a firmar una paz separada. Los términos de Himmler no gustaron a Churchill y no hubo trato.

En julio de 1944, Paris es liberado. Chanel se pone a venderle perfumes a los soldados Aliado, pero es arrestada por los Fifí, los escuadrone de la Francia Libre que andan a la caza de colabos. A Chanel la sueltan casi inmediatamente. Ni siquiera la trasquilan como han hecho con otras “colabo horizontales”. Se dice que Winston Churchill ha intervenido a favor de ella.

Chanel no es tonta. Aprovecha el respiro y huye a Suiza donde ya se ha refugiado Spatz. Vivirán juntos hasta 1954, año en que la modista se atreve a regresar a Paris. Ya la guerra es algo olvidado para el Beau Monde que está feliz de que Chanel vuelva a vestir a sus mujeres.  Incluso, tras llegar a un acuerdo legal con los Wertheimer, resucita su perfumería.

                                 Coco y Spatz en Suiza

Sin embargo, Chanel no ha cambiado. Se ha vuelto gruñona y tiránica con la edad. Poca gente quiere acercársele. Tampoco se ha deshecho de sus prejuicios. En una charla con el autor Paul Morand, quien escribiría sus memorias bajo el título de The Allure of Chanel, Coco da rienda suelta a su homofobia. Estando en Suiza, le hace a Morand comentarios como que los homosexuales quieren ser mujeres “y lo hacen pésimo “y “He visto muchas mujeres arruinadas por cupla de estos queers”.  Su mayor queja es en contra de los diseñadores gays, lo que nos lleva a un secreto a voces.

Durante la Ocupación, cuando la homosexualidad era un crimen que los nazis castigaban con deportación a campos de concentración, Chanel confeccionó una lista de sus colegas con tendencias gay. Al único que eximió fue a Balenciaga cuyo trabajo admiraba. Nunca sabremos si les mostró su lista a sus jefes nazis o se arrepintió, pero el solo crearla demuestra el poder de su homofobia.

Renee-Rachel, la Heredera Olvidada

Muchas firmas perfumeras judeo-francesas siguen el ejemplo de los Wertheimer, y trasladan sus negocios al Nuevo Mundo. Weil es uno de los mejores ejemplos, pero también Ernst Daltroff el dueño de la célebre marca Caron. En 1940, el judío Daltroff se instala en Manhattan, allá produciría uno de sus perfumes más icónicos, Royal Bain, que viene en un envase que recuerda una botella de champaña.



No todos los grandes empresario judíos tuvieron esa suerte de poder huir. Un dicho de la postguerra parisiense que Roger de Peyrefitte recoge en sus Les Juives es “Los judíos pobres se fueron a Auschwitz, los ricos al Waldorf-Astoria en New York”.

En los 80 probé, por un tiempo, el famoso First de van Cleef& Arpels. Nunca me gustó mucho a pesar de que era el primer intento de la afamada marca de entrar al mundo de las fragancias. Van Cleef& Arpels es un nombre legendario que por más de un siglo ha sido asociado con la joyería fina. Alfred van Cleef, un judío de los Países Bajos fue el fundador de la firma en conjunción con su tío Salomón Arpels, un mercader de Gante. 

Alfred estaba casado con Esther Arpels y su hija Renee-Rachel tenía diez años, cuando su padre y su abuelo abrieron la primera joyería en Paris, en la Plaza Vendôme cerca del Hotel Ritz. Tras la muerte del Abuelo Salomón, los Tíos de Rachel se unieron al negocio que, ya para los años 20, era conocidísimo dentro y fuera de la fronteras de Francia. La firma ganaba premios en exposiciones y fueron encargados de la manufactura de la corona de la Reina de Egipto.



Durante la Primera Guerra Mundial, Esther destacó como enfermera en el Hospital Rothschild. Ahí conoció un joven teniente Emile Puissant y se lo presentó a su hija. En 1917, Renee-Rachel se convirtió en Madame Puissant. El final de la guerra encontró a Emile en el puesto de director artístico del emporio joyero del suegro, un puesto que ocuparía hasta su muerte prematura en un accidente automovilístico en 1926.

A pesar de que Renee o “Nanette” como la apodaban tendría una relación amorosa en su viudez con un judío sefardita llamado Elie Scalie, su gran amor sería el negocio de su padre. A partir de la muerte de Emile, Renee ocupó su puesto de director artístico. Pronto demostró sagacidad para los negocios cal igual que talento para el diseño de joyas.

                                          Renee-Rachel van Cleef

Fue la inventora del fantástico y olvidado minaudiere (mi mamá tenía uno), una pieza en la que una dama podía cargar todo lo importante: sus cigarrillos, su encendedor, su polvera y hasta su lápiz labial. También Renee inventó algunos diseños audaces como el collar ‘flexible” que creó para su mejor clienta, la Duquesa de Windsor.




A la muerte de Alfred Van Cleef, en 1938, su hija se convirtió en la “patrona” de un negocio millonario, pero todo cambiaria con la derrota de Francia en 1940. Los Arpel se refugiaron en Nueva York donde abrieron una oficina en el Rockefeller Center. Renee no quiso abandonar Francia. todos sus esfuerzos estaban encaminados a proteger su firma. Para evitar que los nazi se la quedaran la puso a nombre de un amigo, el conde Paul Leseluc.

Solo entonces planeó su escape. Su intención era cruzar España hasta llegar a Portugal, pero fue devuelta en la frontera española. Otro intento de huir a Argelia también fracasó. Esther, madre de Renee, se ocultó en un pueblecito de la Riviera, pero su hija se había instalado en Vichy y había abierto una joyería en la calle más céntrica.

1942 fue un año clave para muchos judíos como Renee-Rachel que se consideraban por encima de reyes raciales. Primero vino el cierre de su tienda por órdenes de Pétain. El Mariscal solía pasear a pie por la calle y no le gustaba ver tiendas judías. Luego, Renee fue expulsada del hotel donde vivía y debió buscar refugio en una pensión de cuarta.



El golpe de gracia llegó en noviembre de 1942. Después del desembarco Aliado en África del Norte, los alemanes invadieron la Francia de Vichy e impusieron sus leyes raciales, sin miramientos de clase o fama. Renee recibió órdenes de presentarse en la comisaria más cercana para inscribirse como judía, recibir su estrella de David que debería usar siempre sobre sus prendas exteriores, y escuchar todas las prohibiciones que afectaban a la población de origen israelita.

Mas allá de la humillación, para Renee estaba claro que estas medidas precedían a la deportación a Polonia y los campos de la muerte. Presa de la desesperación, se arrojó por la ventana de su cuartucho de hotel. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común. Después de la guerra, Esther Van Cleef recuperó el cadáver de su hija y lo hizo enterrar en el Cementerio Israelita al lado de Alfred.

Con Renee murió la estirpe van Cleef. De ahora en adelante, la famosa joyería quedaría en manos de los Primos Arpels que tuvieron el buen juicio de huir a America. Fue bajo sus auspicios que la firma entró en lo 70 al negocio de la perfumería.

 A Renee, le hubiese gustado mucho involucrarse en se aspecto tan refinado del negocio, pero para entonces había sido olvidada. Ha sido en estos últimos años que su triste historia ha sido recordada primero por un libro en francés (Renee-Rachel Van Cleef la olvidada de la Plaza Vendome) , luego por la amplia mención que Anne Sebba hace de ella en Les Parisiennes su extenso estudio de las francesas bajo la Ocupación.





La historia de Renee-Rachel Van Cleef y la de Coco Chanel son las do caras de esos tiempos. Ambas mujeres de mundo, exitosas empresarias, dedicadas a negocios que ensalzaban la condición femenina, pero la bota masculina del nazismo cambió su vidas.

 

 

 

miércoles, 8 de agosto de 2018

El reinado de las faldas midi: 1970-1972



Como cantaba el Maestro Gonzalo Curiel:  “¿Cómo fue? No sé decirte como fue...”, pero a mediados de 1970, todas las grandes casas de moda de Paris tenían faldas largas en sus colecciones. Para 1971, la midi se podía ver hasta en las calles de Viña del Mar, pero las latinas nunca se sintieron realmente cómodas con esta nueva moda impuesta por el Hemisferio Norte.

Pues vamos a dividir esta entrada en tres partes; lo que vi yo en Chile; lo que crearon los diseñadores  y , lo que hicieron las latinas,  incluyendo en las telenovelas, con la polémica falda. Comienzo con mi testimonio y disculpen si caigo mucho en la autorreferencia, pero así es como presencié la existencia de la midi en Chile.

En 1970 hubo un gran cambio en la vida de mi madre que abarcó una sustancial bajada de peso. De pronto se atrevió a subirle la basta a las faldas y a usar pantalones. También cambió mi vestuario. Como yo me había vuelto “señorita”(eufemismo para decir que me había llegado la regla) se me comenzó a tapar más. También me confeccionaron pantalones y aunque tuve faldas,  estas bajaron hasta medio centímetro arriba de la rodilla.

En resumidas cuentas, las faldas largas, que cada vez más aparecían en páginas de revistas,   eran desconocidas en mi mundo. La moda de minis y pantalones me tenía harta, y mi pobre mamá sufría ante lo que consideraba una  muestra de  mi poca feminidad. No se le ocurría que, a los once años,  yo amaba la ropa…de décadas pasadas. Me la pasaba viendo películas viejas y para comienzos de 1971,  estaba inmersa en la segunda parte de la “Saga de los Forsyte “que tenía lugar en los años 20.
The Forsyte Saga (BBC)

En marzo, mi madre me mandó hacer un vestido:  falda corta, estilo tubo, corte en la cadera. Era bonito,  en una textura que se llama pata de gallo. Se parecía a este. Lo mejor es que tenia un dobladillo como de cinco o seis centímetros.

Con unas tijeras le deshice la basta. Pedí prestada una máquina de coser del taller de mi madre y se la rehíce de un centímetro. Me quedó debajo de las rodillas. Recogí un retazo de gasa rosada que había sobrado de un vestido de fiesta que acababan de coser para la boutique de mi mamá. Me lo enrosqué en el cuello, me puse los tacones de mi madre y salí con mi vestido a la terraza a fumar. ¡Qué pena que nadie me sacara una foto! Me sentía totalmente Fleur Forsyte.
Susan Hampshire como Fleur Forsyte (BBC)

Pero yo sabía que eso no era moda real, que no podía salir a la calle así. Fue en abril, un viernes en que el van escolar no me vino a buscar, que bajaba por la variante de Agua Santa y de pronto veo descendiendo por la acera del enfrente una especie de murciélago gigante. Era una mujer alta,  vestida con falda prolongada hasta la canilla, botas y un abrigo maxi,  abierto y desplegado como las alas de una mariposa. Era una visión que te dejaba sin aliento. “Le queda bien porque es alta” me dijo una compañera que había bajado conmigo:  “a nosotras que somos enanas, no nos iba a lucir tan bien”.

Unos meses después, debe haber sido junio porque fue antes del terremoto, mi mamá dio una fiesta. Temprano envió una de las dependientas de su tienda a casa con una gran bolsa platica y las siguientes ordenes: adentro iban tres tenidas, yo debía elegir una de ellas, ponérmela y bajar a conocer a sus amigos. Yo me había vuelto muy tímida y no quería conocer a sus amigos. Eran bulliciosos,  bebían mucho y luego vomitaban en el descansillo de la escalera.

Revisé la bolsa. Había un vestido acampanado,  como de huasita, con un diseño colorinche de cantaros azules y cestas rojas. En el ’71 (como parte del clima político) estaba de moda lo folclórico en Chile. Lo encontré un poco ordinario. La segunda tenida eran unos shorts de tweed negro. Reconocí en ellos inmediatamente a los infames hot pants de los que ya hablaré. Los escondí en el closet. Al día siguiente,  a punta de tijeretazos,  los convertí en trapo para limpiar el piso.

La ultima tenida era una falda de alpaca escocesa,  café y negra,  abotonada adelante y que me llegó un par de centímetros arriba del tobillo. Me la puse con un sweater blanco y unos zapatos de cocodrilo. Era preciosa. Algo que Lisabeth Scott o Loretta Young hubieran usado.

Así vestida me fui a meter a la cocina a ayudar a hacer los bocadillos. Parece que mi mamá estaba tan entretenida que se olvidó que quería presentarme. De pronto,  se abrió la puerta de la cocina y llegó una mujer desconocida a buscar una bandeja de entremeses. Tenia como veintiocho años,  era huesuda y angulosa. Pero lo que me impresionó era que traía puesto un vestido estampado muy largo (después vi que era imitación Lanvin) y botas . Me miró la falda y dijo (sin presentarse):  “Las dos estamos de midi, pero pídele a tu mamá que te compre botas. Las faldas largas no se usan con zapatos.”

Después supe que era modelo, y que se llamaba Estrella. Le pasó la idea de las botas a mi madre (en su boutique no se vendía calzado). Pero con el terremoto dejaron de ser prioridad. Llegó el verano y tuve que esperar hasta marzo del 72 para conseguir las botas.

Entretanto, leí (no recuerdo si en Eva o la Paula) las demarcaciones de la midi. Una midi, según la revista, solo debía usarse con botas. La midi era una prenda estrictamente invernal.  Nunca debía llevarse ni  con sandalias ni con zapatillas reina, ni con zuecos (así se llamaba en Chile a ese zapato que estuvo tan de moda en los 70,  de taco ancho, sin talón,   hecho de madera con una cubierta o de tela o gamuza y que realmente parecía  calzado holandés).

Sin embargo, una semana después vi una ilustración, en la revista argentina Intervalo, de una chica con un dos piezas escoses, falda ajustada hasta los tobillos.¡ Y calzado bajo! Pero como dijo mi nana “en La Argentina se visten como en Europa”.

Ya veremos cómo se vestían en Europa, pero  falta el ultimo capitulo de mi experiencia de midifaldera. En mayo del 72, aprovechando  una invitación de mi ex novio de la infancia para ir a ver una película de Godzilla, me puse mi veintiunica falda y mis botas. Salimos, fuimos al cine y paseamos por la plaza. Cuando llegué a casa, mi mamá me dijo que no me pusiera mas esa falda.” Está pasada de moda”.  Yo le creí, la obedecí y no miento en decir que desde ese días hasta octubre del 74 no volví a ponerme ni falda ni vestido.

Lo triste es que la midi con sus botas estaría pasada de moda, pero no la falda larga. Aquí, en  una ilustración de un catalogo de modas gringo de 1972 veo no solo falda con largo Chanel (debajo de la rodilla)  sino que también la modelo anda con zapatos, no las  botas de rigor.

Pero antes de intentar predecir en que momento este estilo  murió—o evolucionó si se prefiere—hay que ver quienes manejaban los hilos de la moda. Yo les he contado lo que vi en Chile y que me demuestra las estrechez de mente y falta de imaginación de mi pueblo en lo que se refiere a expresarse a través del vestuario. No fue igual el desarrollo de la moda en el resto de América Latina y ciertamente no en Europa.

Para eso tenemos que remontarnos a 1970. Los abrigos midi orlados de piel se siguen usando como lo muestra la portada del especial moda otoño invierno de la revista española Hola. Nina Ricci los incluye en su colección. Valentino también sigue con tapados maxi, ahora usados con zapato, y en su colección invierno 1970 presenta este tipo de falda que se pondrá de moda al año siguiente y  que es un compromiso entre mini y midi.

Colecion 1970 Valentino

















Sin embargo, me ha impresionado este modelo que se escogió para la portada de la edición de moda primavera y verano de 1970 de la Hola. Es un modelo que podría haber usado Ingrid Bergman en “Casablanca”. Un traje salido de mis sueños más locos. ¿Pero lo usó alguien o solo fue un capricho extraído las mentes de modistos imbuidos ya de la nostalgia que caracterizaría la década? 



Pues los modistos ciertamente les iban a las faldas largas. Tenemos estos horribles vestidos de Guy Laroche y este tailleur de Dior que  sigue un estilo de fines de los 30. 
Laroche 1970

Dior 1970

Pero  una cosa es lo que desfila en la pasarela y otra lo que usa la mujer en la calle. Las mujeres jóvenes que siguen la moda suelen imitar a actrices o figuras icónicas antes que a modelos. Nada más icónico ayer como hoy,  que la realeza. En 1970, la princesa que aparecía en las portadas de revistas de modas y del corazón era Ana de Inglaterra que acababa de cumplir 20 años. Como toda jovencita de entonces, Ana patrocinaba la minifalda. Fue ella quien convenció a su reina-madre de subir el dobladillo de sus vestidos. Por eso fue una sorpresa verla aparecer en 1970 con un vestido midi (y sin botas).
Princesa Ana 1970

Si en Buckingham se ponían faldas largas, también lo harían en las calles londinenses. Aquí vemos un video de 1970, al parecer temporada invernal, en que las maxis y las midis parecen haber tomado el Londres urbano por asalto.

Al otro lado del Atlántico, las faldas largas también se imponían, en diferentes estilos. Había las que imitaban los trajes de montar del Far West. Otras combinaban la prenda con el crochet trasparente tan de moda como en este atrevido atuendo , bueno atrevido para quien lo use sin fondo.

Llegó el momento en que, fiel a la cultura de protesta, las mujeres salieron a protestar en Miami contra esta moda que los diseñadores europeos intentaban imponerles. Parece chiste, pero muchas mujeres que cifraban su atractivo en buenas piernas y minis para enseñarlas   temían que la moda siguiese exigiendo faldas largas.
Protesta en Miami contra la midi

A pesar de las protestas, 1971 fue el año en que la midi reinó suprema en los desfiles de moda. Lo notamos en las colecciones de moda que nos ofrece la revista Hola.

A pesar de que el estilo era, como en Chile, falda larga y botas como el que luce Doña Sofia, quien entonces todavía no reinaba en España, los modistos juegan con la nostalgia. 

Estos modelitos de St. Laurent recuerdan estilos de a fines de los Treinta. 

En cambio este dos piezas de Valentino, se acerca más a las modas de la Segunda Guerra Mundial.


 Y estos modelos  de una Burda del 71, también denotan la influencia de la moda de los 40.


Otros diseñadores,  en cambio,  dejaban que los ganase la pereza y presentaban colecciones calcadas de la década anterior. Lo vemos en Chanel y en estos vestidos que parecían de comienzos de los Sesenta. Aunque la moda es reciclable, siempre debe saltarse una generación para volver a ser el “último grito”.
Chanel 1971

En cambio,  como muestran estas modelos de Seventeen, la revista dirigida a las adolescentes, en Estados Unidos se ofrecía un trend llamado “campesino (peasant) que hoy también se conoce como “Boho”. Con esos vestidos,  las chicas usaban los zuecos tan de moda. Los zuecos eran tan populares que en mi escuela nos enseñaron a hacerlos en una clase de trabajos manuales.

La juventud en ambos lados del Atlántico se resistía a abandonar las minifaldas, y solo hicieron una concesión al combinarla con su prenda favorita de esos años: los shorts de material grueso conocidos como hot pants. Es innegable que las jovencitas privilegiaban esta prenda y pensando en ellas,  jóvenes diseñadores los ingresaron a sus colecciones. Aquí tenemos los hotpants de Calvin Klein y Bill Blass. Y una foto de una Olivia Newton John,  recién salida de la adolescencia. Noten que los shorts se usan con botas y largos abrigos.
Calvin Klein 1971

Bill Blass 1971

Olivia Newton John 1971































Pero también había esa combinación de falda abierta y shorts para el verano como en este anuncio de Sarli, la línea italiana de ropa, y Jean Patou diseñó unos shorts retro con abrigo largo para su colección del verano de 1971.
Patou 1971

Según la revista Paula,  las lolitas chilenas privilegiaban los shorts con faldas abiertas para reuniones formales. 

Fue una prenda que encantaba las latinas. vemos a estas colombianas, de la revista Cromos,  luciéndolos en un partido y a esta joven en micro hotpants en Mar del Plata.

También podían usarse para la noche como este enterito de terciopelo cubierto por una larga falda estampada que luce la colombiana, Maria Amelia Umaña, Miss Cundinamarca 1971.



¿Quiere esto decir que en América Latina nunca entró la midi? No tanto. hubo un breve resurgir de la maxi, en un retorno de la moda gitana como en este modelo ofrecido por la boutique colombiana Maria Fernanda. 


En este otro anuncio vemos como se llevaban las midis en Brasil en 1971. 

Ese mismo año,  cuando Vanidades presenta la moda de ese verano coloca en portada las opciones de los largos de moda

Las telenovelas, género al que me había vuelto adicta,  fueron quienes me dieron una visión panorámica de esta guerra de faldas en América Latina.  En la telenovela  la falda larga era señal de alcurnia, supongo que por ser más caras ya que gastaba más tela. En “Natasha” (Perú, 1970-1971) Inés Sánchez Alcorce y Gloria Maria Ureta andaban de midi y botas, pero la pobre criada protagonista usaba cachitos de falda. En cambio, en “Nino “(Argentina, 1971) donde Gloria interpretaba a una chica pobre (y coja más encima) era de minivestidos.

La que usaba faldas largas ahí era la acaudalada  Claudia Sánchez Escurra (Stella Maris Closas) hasta que se casaba con un pobretón y tenía que recortar presupuesto y faldas. En “Muchacha italiana viene a casarse” , Angelica Maria hasta el delantal lo usaba corto, pero Chela Castro, Susana Dosamantes, Lucia Méndez y otras que pertenecían a la clase patronal,  lucían midis.

En “La Cruz de Marisa Cruces”, Amparito Rivelles comenzaba como mujer rica y de midi vestidos y botas de charol. Abandonaba al marido,  caía en la pobreza y se recogía el dobladillo. Diferente era el caso de Maria Rivas era “La Gata “que andaba en andrajosos y cortos atuendos, hasta que se descubría que era ricachona y entonces pasaba a faldas largas y botas de piel. En la versión mexicana de “El amor tiene cara de mujer” las jóvenes usaban faldas cortitas, y las midis quedaban para personajes maduros interpretados por Doña Silvia Derbez y Lucy Gallardo.

Un caso interesante fue en “Esmeralda”, la versión original (Venezuela, 1971). En una escena, Eva Blanco quien interpreta a la madre de la protagonista, hojeando una revista menciona que vuelven a estar de moda las faldas largas “como en mis buenos tiempos”.   Graciela (Adita Riera),  prima de Esmeralda, ha estado usando pantalones y minifalda en el campo, pero al volver a Caracas renueva su vestuario. Al ir a encontrarse con Adrián Lucero (Néstor Zavarce), su amor prohibido, se pone una falda midi y botas. Su madre,  que ni sospecha donde va, alaba lo bien vestida que anda su hija.
Adita Riera y Nestor Zavarce

Otro uso de la nueva moda para reflejar el carácter de la heroína fue en “Hermanos Coraje”. En 1971, la productora peruana América adapta ese libreto de la brasileña Janet Claire situándolo en  un escenario mexicano. La insólita protagonista Clara Barros (Julissa) sufre de doble personalidad. En el día, es una tímida maestra que usa faldas largas, botas, y hasta un maxi vestido, pero de noche o cuando sufre una crisis de nervios , se vuelve la sensual y osada Diana Lemos, la que siempre enseña las piernas.
Clara-Diana se casa con Juan Coraje

Para 1972, las faldas largas en la calle de Chile y en las telenovelas eran parte del pasado, tal como me había dicho mi madre. ¿Pero  fue así en el resto del mundo?

En 1972, los modistos vuelven a la minifalda como nos nuestra la colección de Dior, pero los catálogos de la Hola enseñan que las faldas prolongadas no ha desaparecido.



Incluso en América Latina La Prensa argentina presenta abrigos largos para el invierno. En Estados Unidos siguen de moda los vestidos campesinos de falda larga y botas.


El 73 en cambio, a pesar de lo que nos muestra la Hola, será el reinado de los vestidos lagos vaporosos, muy favorecidos por las jovencitas. 



No así en América Latina donde Vanidades, nuestra guía de la moda, nos pasa una falda un poquito arriba de la rodilla y la Paula nos presenta una  bona fide minifalda.  

El 74 otro gallo cantaría, pero eso se los contaré en otra ocasión.