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miércoles, 29 de mayo de 2019

¿Qué Leían las Niñas Latinas del Ayer? Las series de Marisol y Rocío Dúrcal



Hace un par de meses les conté de como el éxito de los filmes de Marisol y Rocío Dúrcal había llevado a convertir los libretos en novelas que se vendían en España y America Latina. Tan populares eran las chicas que el afán de lucro de quienes las manejaban llevó a crearles sus propias series literarias. Así tanto Marisol como Rocío, en una ristra de novelas, prestaron sus rostros para representar a la niña y a la jovencita de clase media acomodada de la España del tardofranquismo.

Ver ahora como Variety— aprovechando la trend mitutera— ha sacado al mercado nuevamente las fotos desnudas de Marisol (tomadas en 1979) me hace pensar que la pobre Pepa Flores fue abusada por sus padres, por los Goyanes, y ahora por medios que se aprovechan de su vida de ermitaña para seguir lucrando con fotos y revistas sobre las cuales ella nunca dio autorización para ser publicadas. Me pregunto si seguirá recibiendo dividendos por el cine que hizo de niña, y por todo el negociazo que se montó alrededor de su menuda figura. Eso abarcaría estas series literarias.

Yo conocí estas series tras recibir Las navidades de Marisol apropiadamente en una navidad, la de 1965. Me tuve que esperar un año antes que en el próximo diciembre me llegaran de manos del Viejo Pascuero otros libros de la serie amarrados con un listón verde bosque.

La serie era manufacturada por la Editorial Felicidad y se vendía como parte de la Franja Amarilla. Aun hoy pueden encontrarse en Mercado Libre, Todo Colección, incluso en Iberlibro. Consiste en 13 volúmenes que giran en torno a una niña prepuberal (como de once y doce años), huérfana de padres, que vive con un abuelo millonario y que asiste a una exclusiva escuela de monjas de Madrid.

A pesar de que cada volumen traía en portada una foto de Marisol adolescente, aparte del alcance de nombres, y que ambas eran rubias y españolas, Pepa Flores y su tocaya ficticia no tenían nada en común. Aunque el abuelo estaba un poco ausente, Marisol gozaba del cariño de los criados, la generosa cocinera Brígida y el mayordomo German que, aunque sordo, siempre se convertía en cómplice en las empresas de su señorita fuera para rescatar mascotas maltratadas (La pandilla de Marisol) hasta esconder en la cochera a una embarazada (Las navidades de Marisol)

Los libros publicados entre 1962 y 1964, eran de tapas duras, de menos de 150 paginas en las cuales se narraba alguna aventura de Marisol con sus amigas. El estilo era novedoso ya que imitaba un subgénero de novela infantil femenina muy en boga en Inglaterra en la primera mitad del Siglo 20. El modelo fue creado por autoras clásicas como Enid Blyton y Angela Brazil y describían los quehaceres de un grupo de colegialas en un internado, un tema tan común que decantó en la parodia de St. Trinians.
La Pandilla de Marisol
En su serie Marisol no está interna, pero se conserva la importancia de la camaradería y complicidad entre Marisol y su banda de amigas de la cual ella es líder, siendo sus atributos su sagacidad, su don de mando y su simpatía (lo que los españoles llamaban “salero”). Las historias son muy blancas y aunque las chicas se involucran en asuntos adultos, y a pesar de que las ilustraciones van evolucionando hasta dotar a Marisol de incipientes curvas, las chicas en este cuento están todavía en la etapa “odia-chicos” y el amor es visto un poco con desprecio.

Las compañeras de Marisol solo tienen en común la edad y el ser condiscípulas. Cada una representa un personaje tipo. Pepi es la intelectual, la científica la mejor alumna de la clase y la que usa lentes. Anabel es la gordita ingenua y siempre con hambre. Es simultáneamente gourmet y gourmand.  Victoria, aunque de la misma clase de Marisol, es más refinada, mundana y viajada. Es mitad inglesa. Marta y Maria son gemelas, totalmente opuestas. Marta es la poetisa, obsesionada con la lírica de Bécquer, soñadora y un poco remilgada. Su hermana es la tomboy, la que desprecia los melindres femeninos, si no está de uniforme, vive en vaqueros (blue jeans) y es loca por los filmes del Oeste.

El último miembro del grupo es Menchu, la estrella de la aguja, experta costurera, tejedora y bordadora. Menchu es la outsider del grupo, la niña pobre que está en esa escuela gracias a una beca. Aunque nadie hace distingos con ella, muchas veces Menchu no puede colaborar en los planes de sus amigas por carecer de los medios económicos necesarios. A mi me causaba molestia que nadie la ayudara, pero creo que la idea era que, para aceptarla, había que tratarla como una igual.

La serie se enfoca en el tipo de actividades comunes a niñas de esa época. Marisol participa en un grupo de niñas exploradoras, estudia inglés en Inglaterra, toma clases de ballet, pero los mayores lances son en el área de la investigación policial lo que la hermana a clásicos infantiles como Emilio y los Detectives de Erich Kastner. En España también escritoras icónicas, hoy desconocidas, habían tratado el tema en Maite Detective de Florencia de Arquer y Feíta de Ilse Gur.

En sus andanzas detectivescas, Marisol y su pandilla deben probar la inocencia de un chofer calumniado, detener una bomba en un avión en pleno vuelo; y enfrentarse hasta con un fantasma en un castillo inglés. Para lograr estas hazañas, tienen que desobedecer a sus mayores, saltarse las reglas de buena conducta, y convertirse en transgresoras. A pesar de que este tipo de conducta es habitual en el género detectivesco infantil, es interesante ver como lo trataban en esa sociedad franquista que exigía sumisión y obediencia de sus mujeres, de cualquier edad.

Niñas Transgresoras
El caso de Las Navidades de Marisol la convierte en una campeona de los verdaderos valores cristianos. Unos minutos antes de despedir a las alumnas que se marchan de vacaciones escolares, las monjas les recuerdan que Navidad no es solo fiesta y regalos “Navidad es caridad” les dicen. 

Camino a su casa, Marisol medita sobre estas palabras cuando de entre los arbustos, le cae su exchofer, Lorenzo, al que su abuelo despidiera por ladrón. Marisol, cuyo primer instinto es pedir auxilio, le da una oportunidad de explicarse. Lorenzo jura ser inocente. Ha vivido oculto en su pueblo, donde se ha casado, pero ahora él y Eulogia, que está embarazada, han regresado a Madrid donde no hay trabajo para quien no tenga referencias.

Marisol le cree y decide que esa es la manera en que El Cielo le facilita la oportunidad de ejercer su caridad. Oculta a la pareja en el garaje. Primero los auxilia con la ayuda de la pandilla, para luego, y aprovechando la ausencia del abuelo, reclutar los servicios de sus criados. Sin embargo, cuando el abuelo regresa, Lorenzo, su mujer y su hijo recién nacido deben buscar otro refugio. Marisol enfrenta la realidad. La única manera de reinstalar a Lorenzo en su antiguo empleo es probar su inocencia y eso solo se logra encontrando a los verdaderos culpables.

La pandilla encuentra y secuestra a los maleantes. Estos, aunque maniatados, se ríen de las niñas hasta que ven las agujas de tejer de Menchu calentadas al rojo vivo. Este es el momento mas chocante del libro. Solo Victoria y Marta (que está al borde del vomito) se excusan de participar, las otras colegialas están mas que dispuestas a torturar a los bandidos quienes se ven obligados a confesar su robo.

Esta escena es fascinante y repugnante a la vez. Que niñas que todavía crean que a los bebés los trae un ángel, se muestren más que contentas con la idea de usar el dolor físico para extraer la verdad de unos delincuentes solo tiene (en el libro) la excusa de que lo hacen en aras de la justicia y para salvar un inocente.

En Marisol Azafata ocurre algo parecido. Marisol y sus amigas deben disfrazarse de aeromozas para impedir que una bomba estalle en un avión. Nuevamente la idea de delinquir e impersonar a un adulto y usurpar identidades va subordinada a la importancia del bien común el cual está en manos infantiles.

Diferente es el caso de Marisol en la TV. De regreso de la escuela, la pandilla es atacada por un grupo de colegiales que pasan de palabras a una agresión física (uno le avienta una corcholata a la frente a Marisol). Humilladas, las niñas deben huir. Esa tarde viendo televisión, la pandilla se lleva la sorpresa de ver a sus atacantes compitiendo en un programa de concursos.

A Marisol se le ocurre que la mejor revancha es entrar al concurso y vencerlos.  Esto es algo que me encanta porque es una lección de empoderamiento para las niñas. El mensaje es que ellas valen tanto o más que los chicos y que para ganarles no se necesita de la fuerza bruta sino de la inteligencia.

Por supuesto que ni las monjas ni el abuelo de Marisol aprueban que las niñas sean espectáculo público, pero Marisol y su pandilla, siempre transgresoras, continúan a espaldas de sus mayores. Muy humorísticos son los esfuerzos de las niñas para prepararse para el concurso que van desde aprenderse de memoria el diccionario hasta (debido a que FlinFlan es el auspiciador del programa) recolectar como mil etiquetas de Flin Flan lo que las obliga a beberse refrescos en polvo, sopas, comer flanes y hasta mascar chicles de esa marca.

El punto máximo de transgresión llega cuando la hora del concurso choca con las clases. ¡Ahí se les ocurre una idea que hasta hoy amerita un “brilliant!”de Ron Weasley: adelantar todos los relojes de la escuela para apurar la hora de salida. Lo logran, se presentan en el programa y lo hacen tan bien que quedan de finalistas para competir con los chicos odiosos.

Aun así, son descubiertas, el escandalo es mayúsculo, hay todo tipo de amenazas de castigo, pero es ahí cuando el sentido práctico de las monjitas prevalece. El prestigio de la escuela está en juego. La pandilla debe presentarse a las finales y ganar. Marisol y sus amigas llegan al concurso acompañadas de una monjita, que como todas las religiosas en estas series es muy aguda y liberal.

Cuando las chicas ganan, ante la ira de sus rivales, el maestro que las acompaña intenta rebatir el dictamen de los jueces. Ahí se enfrenta con la monjita a la que le endilga un displicente discurso que suena a mansplaining: “Yo tengo la razón y usted tiene los hábitos, Madre” A lo que ella responde, ni corta ni perezosa “pues deme usted la razón y yo le proporcionaré los hábitos. Que ha de verse muy guapo con ellos”.

Este es un momento cargado del feminismo del bueno. Vemos un grupo de niñas, apoyadas por una figura de autoridad femenina, enfrentándose a un grupo de machos que se niega a aceptarlas como iguales. Incluso los chicos profieren amenazas violentas que Marisol responde serena y con entereza. Es un ejemplo de como la razón, la inteligencia y hasta el humor pueden hacer a la mujer superior. Aquí se destruye todo el mito de la mujer sumisa, sin voz ni ideas que ha impuesto el franquismo.

Rocío la de los Mil Empleos
Igual de transgresora, pero me temo menos profunda y benévola es la imagen que Rocío Dúrcal encarna en su serie de la Franja Esmeralda. Sin embargo, es igual de entretenida porque de nuevo muestra una mujer en un mundo que la limita, debiendo echar mano de su inteligencia para salirse con la suya.

Rocío es una chica madrileña de unos veinte años, hija única de una familia de clase media acomodada cuyo único interés en la vida es pasarlo bien. Esto desespera a su madre que no la ve colocada (léase buscando marido). Rocío se las arregla para calmarla tomando varias ocupaciones que revelan el tipo de empleo al que podía aspirar una “niña bien” sin estudios.

En el primero, y menos interesante volumen de la serie Rocío en primavera, ella, todavía adolescente, acaba de graduarse de un internado de monjas en Irlanda, donde al parecer solo ha aprendido idiomas. En los próximos volúmenes veremos a Rocío probar suerte sucesivamente como secretaria, locutora y enfermera. En uno de los mejores de la serie Rocío en la Torre de Babel, se va a Paris a servir de interprete en una conferencia de la ONU.

Con esta excepción, Rocío nunca se ve muy entusiasmada con sus empleos que son solo un vehículo para vivir experiencias interesantes. No hay ella ni un germen de mujer de carrera y muchas vece llega a esos puestos sin preparación profesional. En Rocío Locutora, consigue el puesto tras ganar un concurso para el que el único merito parece ser guapa. En Rocío secretaria, los padres se asombran de que vaya a ser secretaria de un tío si este ya tiene una muy profesional, y Rocío ni sabe escribir a máquina. Rocío los tranquiliza. La profesional (que es una señora madura) que escriba a máquina, ella está ahí para atraer clientes con su belleza y simpatía

Incluso en Rocío, enfermera diplomada, cuando toma cursos de enfermería no tiene muy claro su futuro. Le da nauseas el quirófano, la hartan los niños de un jardín infantil, está a punto de irse a trabajar a un laboratorio cuando encuentra un empleo en el periódico que acaba con ella en un caserón en la playa cuidando de una anciana condesa.

Como la serie de Marisol, las aventuras de Rocío la llevan a la investigación detectivesca. En sus labores de enfermera descubre que alguien esta envenenando a la Condesa Etelvina. En Rocío locutora sus esfuerzos van dirigidos a evitar que una disquera rival mate al cantante de moda; y en Rocío en la Torre de Babel, intenta detener el secuestro de un príncipe árabe.

Como Marisol, Rocío también tiene una pandilla de amigos, cada uno correspondiente a un estereotipo, Marta es la rubia despampanante, Amparito es la aspirante a actriz, Bea es la “salada” que de todo se ríe y Clara es “la patosa”, la despistada, la que siempre anda tropezándose y cayéndose. De los chicos no recuerdo a muchos con la excepción de Chucho, el tartamudo, y Jaime el fornido fisicoculturista.

En el amor como en la guerra…
Rocío es muy coqueta y tiene romances en cada libro, romances que acaban mal. En Rocío en primavera tiene algo con una especie de guardabosques que la rescata de un bosque en llamas. En Rocío secretaria, aparece Carlos, el formal estudiante de medicina. Aunque se siente atraído por Rocío, desprecia la vida frívola que llevan ella y sus amigos. La tozuda Rocío entonces acepta las atenciones de un cliente de su tío, pero éste solo la utiliza para poder robar la caja fuerte de la oficina.

En Rocío en la Torre de Babel, la heroína atrae el interés de dos colegas en la conferencia, el italiano Cavalcanti y el alemán Mueller, pero a ella le atrae el Príncipe Nuriddin hasta que al final del libro descubre que él ya tiene cuatro esposas. En Rocío locutora, aunque ella es pretendida por Roberto Lamadrid, su jefe y mentor, se enamora del cantante quien la traiciona yéndose con una americana millonaria.

A pesar de que a la enamoradiza Rocío siempre le va en feria en los romances, la serie ilustra un par de puntos que podríamos catalogar como subversivos. Rocío es una mujer emocionalmente independiente que prueba constantemente suerte en el amor y no se deja amilanar por malas experiencias. Además, es lo contrario de la imagen de la sumisa en la torre esperando que un hombre la escoja. Por el contrario, Rocío lucha con todas las armas que tiene y eso es más aparente en Rocío y los cadetes del mar.

Rocío y sus padres pasan el verano en el balneario de Villa del Mar. La pandilla también ha venido de vacaciones. Las chicas se alocan cuando se enteran de que ha recalado en el puerto un barco cargado de jóvenes y guapos guardiamarinas. Cuando uno de ellos, Santiago Imaz, rescata a Rocío que, nadando está a punto de ser arrollada por una lancha, ella se enamora locamente de él y poco le importa que Santiago ya esté comprometido con Matilde, alias “Chichi”.

Santiago le explica a Rocío que le han impuesto a Chichi como novia puesto que ella es hija del almirante. Rocío decide luchar con todas sus fuerzas para separar a Santiago de Chichi. Esto va desde pedirle joyas y vestidos a su madre, para lucir mas guapa que su rival hasta conseguir que sus amigos (con trampas) la elijan a ella reina de belleza de la villa, por supuesto venciendo a “salchichi” como la llama despectivamente.

Sin embargo, el gran clímax llega cuando Rocío, al borde de la desesperación, convence a Jaime, que ya le ha dicho que esta enamorado de ella, que seduzca a Chichi y así arruine su reputación. Yo estaba fascinada cuando leía este cuento porque por primera vez veía a una heroína portarse como una villana, pero me gustaba por lo de “en el amor como en la guerra, todo se vale”.

Santiago descubre a Chichi en una situación comprometedora y rompe con ella. Feliz, Rocío se prepara para vivir su sueño de amor, cuando justo al guardiamarina se le cae su cartera. ¡Rocío la recoge y ve que está llena de fotografías de las otras novias del cadete del mar!
Al final, los marinos se embarcan. Rocío va al muelle a despedirse agitando un pañuelo y se encuentra con Chichi. Ha vuelto con Santiago, van a casarse. “Lo siento por ti” dice Rocío y la abraza.
 A mediados de los 60, la popularidad de Rocío Dúrcal iba en auge, pero la serie se paralizó tras solo cinco libros. Hoy pueden comprarse por Internet, pero son estrictamente para fans de Rocío Dúrcal y Marisol, son un objeto de nostalgia. Para mí son un documento histórico del mundo femenino a nivel infantil y juvenil de la España sesentera. Obvio que se trata de una España apolítica, o al servicio del régimen, de clase acomodada, precisamente la que los historiadores no documentan, y por eso tiene mas valor.

miércoles, 3 de abril de 2019

¿Qué leían las Niñas Latinas del Ayer?: Cine dentro de la cubierta de un libro



Para las niñas de los 60, que recién estaban acostumbrándose a la televisión, el cine continuaba siendo un evento fascinante. Conscientes de eso, las editoriales decidieron convertir en novelas algunos filmes dirigidos a ese público. Las pequeñas cinéfilas, aun las no lectoras, gozaban con estas lecturas. Por eso en España se creó toda una literatura que giraba en torno a dos ídolos juveniles del momento: Marisol y Rocío Dúrcal.

Una de las muchas cosas que aprendí en mi servicio de bibliotecaria de referencia fue a respetar la cultura—y por ende la literatura—popular. En mis años de universitaria, y luego como bibliotecaria profesional, mi mayor deseo fue servir a la comunidad latina, sobre todo a los más jóvenes. Conciente de que un servicio de biblioteca circulante como el estadounidense no existía en nuestros países, más ansiaba atraer clientes latinos (entonces el mayor grupo de inmigrantes) a la biblioteca, aunque fuese para que se acercaran a material de esparcimiento que no abarcase los libros.

Con los pequeños no había problema. Yo hice varios programas de narraciones de cuentos en los que informé a las mamás sobre nuestra amplia colección de cuentos en español, con letras grandes, muchas ilustraciones y mucho color, pero muchas de mis clientas me decían que el problema mayor eran las hijas en la preadolescencia.

“Se la pasa viendo telenovelas”, se quejaban “no lee ni un libro de cocina”. “Señora, pásele fotonovelas” era mi consejo. Lo decía porque sabía que la Queensborough Public Library tenía una amplia colección de fotonovelas, muchas de ellas con actores de telenovelas de protagonistas.



Para mi era perfectamente comprensible querer “leer” lo que había visto en la pantalla. Según yo, cine, televisión, teatro y o libro eran cuentos, algunos más visuales que los otros. Me era perfectamente legítimo ver literatura en forma de comic. Y no soy la única que acabo de encontrar un tebeo de Harry Potter.

Em mi infancia no existía Internet, ni juegos de videos, ni Kindle. Vine a tener televisión (y sumamente restringida) en mayo del 68, unos meses antes de cumplir los 9 años. Aun así, nunca me aburria, además de mis lecturas, estaba el cine que me encantaba y también las revistas de caricatura.

 Yo leía Ivanhoe con el mismo placer conque leía el Monje Loco o El Siniestro Dr. Mortis. Todavía no había llegado gente a mi vida a imponerme un elitismo literario. La lectura para mí no tenía el propósito culturizante-didactico que adquiriría en mis años de universidad. Yo leía como debe hacerlo todo niño, para entretenerme


Nunca fui de fotonovelas, las encontraba cursis. Una excepción era una revista muy grande que nunca supe el nombre y que traía historias elaboradas, incluyendo filmes en formato de fotonovela. Tengo la impresión de que se trataba de la traducción de una publicación italiana porque ahí leí una versión de “Las Dos Huerfanitas” con Alida Valli. También existia la Revista Picnic que serializaba  filmes  de  Audrey Hepburn como "Historia de una monja", "La Guerra y la Paz", "Dos para el camino" y creo que "My Fair Lady".
Alida Valli como Henriqueta Gerard  en "Las Dos Huerfanitas" 



Otras publicaciones en combinar cine y fomato gr'afico eran esas fenomenales publicaciones argentinas (hoy piezas de colección carísimas) El Tony, Fantasía, D’Artagnan e Intervalo.

Más dirigidos a un público infantil eran lo que hoy se conocerían como novelas gráficas de la colección Los Tesoros de Walt Disney que traía no solo películas que yo acababa de ver como “Las hilanderas de la luna” con mi ídolo Hailey Mills, más también algunas que todavía no llegaban a Chile como “El Espantajo” con Peter Cushing, que, antes de Daphne Du Maurier, ya me relataba sobre los piratas de Cornualles.


Más de algún purista dirá que este tipo de lectura no fomenta buenos hábitos literarios que requieren de concentración y retención no de la distracción que provocan los gráficos. Pero les aseguro que un gusto no es dispar con el otro. Por eso en España se creó toda una literatura en los 60 que novelaba la trama de películas del momento sin proveer más que un mínimo de ilustraciones.

Fue la Editorial Felicidad la que noveló libretos del cine épico de la época. En el índice vemos títulos como “Rey de Reyes” junto a clásicos de Charlton Heston como “55 días en Pekín” y “El Cid”. De esa colección solo tengo buenos recuerdos de su versión de “La Caída del Imperio Romano” con Stephen Boyd y Sophia Loren que me regalaron para mi octavo cumpleaños. La gracia de estos filmes es que muchos, en Chile, recibían calificación de “para mayores de 14 años” por lo que era un placer ser leídos por los que todavía ni nos acercábamos a esa edad.


Una mirada al índice de esta colección conocida como Cinefa indica que,  junto con blockbuster gringos,  también había películas taquilleras españolas, pero películas muy particulares puesto que iban dirigidas a un publico adolescente que por primera vez el mercado hispanoparlante reconocía y que eran protagonizadas por dos Teen Idols femeninas del mundo ibero: Marisol y Rocío Dúrcal.

En mis años universitarios, mis profesores—exiliados y furibundos antifranquistas— me hicieron ver a Marisol y Rocío como productos del gobierno de Franco, como un ultimo coletazo cultural de la Corte del Caudillo, pero en mi infancia eran mis paradigmas idolatradas.

Efectivamente, la pobre Pepa Flores fue usada y abusada tanto por la propaganda cultural franquista como por la Familia Goyanes que se enriqueció a costa de la cría (si hasta la casaron con uno de sus miembros). Se entiende que ya mujer Marisol se haya rebelado contra esa herencia, siendo madre soltera, adúltera, miembro del Partido Comunista, y culminando su rebelde madurez en su segunda boda en Cuba con Fidel Castro de padrino.

Sin embargo, la niña que yo conocí ni soñaba con ese futuro. Sus primeros filmes “Ha llegado un ángel”, “Un Rayo de Luz” y “Tómbola” que aparecen en Cinefa, era de una cursilería abismante. Me los tuve que calar todos porque en 1966, el Teatro Rex de Viña del Mar estableció un programa en que todos los lunes, por el precio de una se pasaban dos películas en español. La segunda película era invariablemente un dramón mexicano que veíamos por insistencias de las nanas (“si total es gratis”). Dé esas solo recuerdo “Guitarras lloren, guitarras” con Cuco Sánchez, “Feliz Año Amor Mío” con Silvia Pinal y Ricardo Montalbán y una donde Joaquín Cordero hacía de cura.

Lo que realmente interesaba era el primer filme, a ese se le hacia propaganda y era invariablemente un producto ibero al que aprendí a asociar con cine de calidad. No todas las cintas eran igual de fascinantes. Me aburrí como ostra oyendo a Raphael cantar en “Cuando tú no estás”, y me dormía en las pelis de Joselito, que tendría voz de ruiseñor, pero hacia historias muy penosas, y algunas en blanco y negro.

Otro cuento era cuando se trataba de un filme con protagonistas con las que me podía identificar a pesar de ser más pequeña que ellas. Me refiero a Marisol, Rocío Dúrcal y las gemelas Pili y Mili.
Siempre me ha apenado que las ultimas no hayan alcanzado el renombre de sus colegas. Tal vez el ser gemelas las limitaba. Incluso, aunque yo vi en ese año cuatro filmes de Pili y Mili, Cinefa solo se molestó en publicar la versión novelada de “Como Dos Gotas de Agua” que me trajo Santa Claus junto a otros éxitos de la colección, atados con un gran listón verde bosque.

“Como Dos Gotas de Agua” aprovecha el parecido físico de las hermanas sin caer en el lugar común de la ficción infantil y juvenil de todos los tiempos, las gemelas que se intercambian. En este caso, la novedad es que Pili y Mili no son parientas. La ultima es la refinada y estudiosa alumna de las monjas quien se v atrapada en una batalla legal entre su padre y su tía.

Pili, en cambio, es la zaparrastrosa sobrina del organillero, rebelde, independiente y mal hablada, pero que la abogada de la tía de Mili decide hacer pasar por esta y mandársela al padre para que deje de fastidiar. Es casi igual a la trama de “The Parent Trap”de mi ídolo Hayley Mills y que ustedes conocerán en la versión Lindsay Lohan.


En el Rex ese año vi “Como dos gotas de agua”, “Dos chicas, locas, locas” y “Whisky y Vodka”, pero la mayor parte del programa del Rex estaba dedicada a Marisol. Ya les conté que me tuve que tragar todas esas películas cursis, hasta la del burro Bienvenido. A mi comenzó a gustarme Marisol en “Marisol rumbo a Rio”. Coincidiendo con la película, me regalaron la edición de Cinefa con Marisol en la portada con vestido amarillo y un tocado a lo Carmen Miranda.

Esta es otra historia—para variar—de gemelas, solo que hay misterio y una de las hermanas hasta tiene novio, un gandul que pronto desaparece de la pantalla, pero a mi entonces me pirraban (como hoy) las historias románticas. Isabel Garcés, que no se perdía filme de Marisol, interpretaba a Isabel una viuda pobre incapaz de mantener un empleo debido a sus despistes. Casi no puede sacar adelante a su hija Marisol. Aun así, se negó a entregársela a su cuñado que ha hecho fortuna en Brasil y que siempre quiso criar a las hijas de su hermano. Isabel aceptó separarse de Mariluz , gemela de Marisol, pero no ha parado de arrepentirse, sobre todo porque su hija nunca ha respondido a sus cartas.

Isabel y Marisol venden todas sus pertenencias para costearse el viaje a Rio a ver a Mariluz.  El Tío Fernando  está encantado de recibirlas, no así Mariluz que es una presumida pedante y consentida. Mariluz nunca ha perdonado a su madre el regalarla y tampoco le hace gracia tener una hermana.
                                      Con una cachetada, Isabel castiga la insolencia de Mariluz

Marisol comienza a investigar y descubre que Sandra, la amada institutriz de Mariluz, y Arturo el secretario de Fernando, están tramando envenenar al patrón para quedarse con su fortuna. También descubre que Mariluz le ha escrito a su familia española, pero que Sandra ha interceptado las cartas al igual que la correspondencia de Isabel a su hija 
Sandra y Arturo complotando

Pues se enteran los malos, las niñas atraviesan muchos peligros y llegamos al clímax que todavía me da escalofríos acordarme de Mariluz colgando del Corcovado y su gemela tratando de rescatarla.



 La etapa adolescente de Marisol nunca superó a “Rumbo a Rio’ puesto que se abocó a formulas. La rubita hizo el mismo personaje en “La nueva Cenicienta” y “Búsqueme a esa chica” Y en “Carola de Dia, Carola de Noche” de 1969 que vi en el Cine Rialto hacia como una imitación de Audrey Hepburn en “La princesa que quería vivir”.

Diferente fue el caso de Rocío Dúrcal quien, aunque se apegaba a esquemas arquetípicos de la ficción juvenil, variaba de personajes. Sus heroínas eran un poquito transgresoras aun dentro de ese contexto moralista y patriarcal de los 60 franquistas.

Para mi sexto cumpleaños, mis primos me regalaron “Canción de juventud”, mi primer encuentro con Rocío -actriz. Esta no era de Cinefa sino de su predecesora, Cinexito.Anteriormente ya la había visto gracias a un regalo de mi madre “Rocío en la Torre de Babel’ parte de la serie Franja Esmeralda que convertía a la actriz-cantante en un personaje literario. Pero de esa serie, al igual que la de Marisol, hablaré en otra ocasión.

Lo que hizo “Canción de juventud” fue proporcionarme otra idola, una que desterraría de mi corazón a Hayley Mills, Leslie Caron y Romy Schneider alias “Sissi”, qué eran mis prototipos ideales, a las que quería parecerme cuando fuera adulta.


Hailey Mills en "Los Hijos del Capitan Grant" 

Un año más tarde, en esas matines del lunes pude ver en pantalla “Canción de Juventud “qué no me defraudó en absoluto. Este es uno de esos cuentos de internados de señoritas.  Rocío es una combinación de Deanna Durbin y Sandra Dee, ósea se la pasa cantando y es la lider de un internado de monjas. Muy cerca hay un colegio de varones, parecía una escuela técnica porque se preparaban para la carrera de arquitectura. A pesar de los esfuerzos del director, Don César, que es chapado a la antigua, los chicos y las chicas hacen amistad.

Compartiendo un paseo escolar por la Costa Dorada se encuentran con el espectáculo desolador de una ermita bombardeada durante la Guerra Civil. Los futuros arquitectos deciden reconstruirla y para costear el material, las colegialas, con Rocío a la cabeza, deciden montar un espectáculo musical.

Eso era lo que en mi infancia se conocía como “una película sana”. Todos cantaban, nadie se besaba y sin embargo recuerdo algo muy curioso: las monjitas eran muy liberales, eran ellas las que convencían a Don César de hacer una excursión mixta; Rocío y sus amigas andaban en Vespas (de ahí me vino la pasión por las Vespas y en el ’88 casi me compro una) y a diferencia de otra literatura infantil que yo leía, los padres no eran perfectos.

Al comienzo de la “Canción” llega Maria, una nueva estudiante, al convento. Esa noche, Maria y su llanto despiertan a Rocío. Maria le cuenta que sus padres quieren separarse, que ya no la quieren, que la ven como un estorbo y por eso la han puesto interna. Rocío les señala a compañeras dormidas y le dice que todas tienen problemas con los padres. Ella misma, desde que su madre murió, vive encerrada. 

Su padre, un famoso pianista, rara vez la visita. La trama nos está presentando la destrucción del mito de la unida familia española, de los padres como guías de moral superior y se insinúa que el matrimonio en la era franquista no era tan solido como la iglesia y el régimen pretendían hacer creer.
Tan popular fue “Canción de juventud” que hasta Editorial Bruguera la publicó en formato de libro.



Las películas que siguieron a “Canción” exploraron más el rol de Rocío como transgresora. Las infracciones sin ser graves (nada que no hayamos visto en telenovela) daban una imagen de independencia casi feminista, de libertad impensada en la adolescente sesentera atada por “el que dirán”. También esbozaba una idea de que las jóvenes españolas eran capaces de tomar decisiones propias, aunque no fuesen muy legales.

En “Rocío de la Mancha”, aparte de estafar turistas (todo sea para dar de comer a los hermanitos huérfanos), Rocío adopta la identidad de una muerta, Isabel Casanueva,  para nuevamente darle una lección al padre ausente, y para ayudarlo a reconciliarse con su esposa.

En “Tengo diecisiete años’, Rocío es una universitaria bastante inmadura que se siente perseguida por su bondadosa madrastra quien solo pretende guiarla. Para costear una obra que están poniendo en su clase, Rocío hurta y vende una costosa pitillera de su padre. Un criado es acusado. Sintiéndose culpable, pero incapaz de enfrentar su verdad, Rocío huye de casa. Acaba en un pueblito viviendo con siete alfareros y por fin madurando.

En “Más bonita que ninguna” Luisa, una vendedora de cigarros en un club nocturno, decide castigar a su playboy novio cuando descubre que va a casarse con una ricachona. Se disfraza de su propio hermano “Luisito” para darle una lección al díscolo.

En todos estos filmes, que a diferencia de los de Marisol, no encasillaban a la protagonista, Rocío encarnaba a jovencitas que el feminismo moderno definiría como “dotadas de agencia”.  Mujeres creativas, transgresoras, audaces, que para conseguir lo que desean cometen delitos, usurpan identidades, saltan barreras,  hasta son transgénero.

Es una lástima que hoy se recuerden estos filmes solo por las canciones y no por el modo en que creaban conciencia en las espectadoras y lectoras (porque Cinefa trascribía los diálogos y los argumentos tal como aparecían en pantalla) de que una mujer podía actuar de manera independiente e incluso transgredir las reglas si eso convenia a sus intereses.

He dejado para el final mi filme favorito, tal vez porque es el único donde parece que entró la mentalidad clasista del tardofranquismo. En “La Chica del Trébol”, Rocío (que siempre se llamaba igual) es una repartidora de una chic casa de modas madrileña. Rocío, con solo dieciséis años, vive en un barrio humilde junto a su padre, taxista, y un hermano mecánico. Juan, un amigo del hermano,  la pretende, pero, aunque Rocío no lo diga, es feo y ordi, ella merece más.

El “mas” ocurre un día en que una modelo se enferma y se pone a Rocío a modelar. Se descubre que es una profesional de la pasarela y pronto sube de estatus en el trabajo e incluso en el barrio donde se asombran de verla tan bien vestida.

Parte de su nuevo empleo es asistir a fiestas elegantes, mezclarse con la concurrencia y de esa manera promover el vestuario. En una de esas reuniones, Rocío conoce a Rafael, (Fabrizio Moroni)  un joven rico que queda impactado con ella tras oírla cantar “Trebolé”. 


Creyendo haberla visto antes, Rafael le cree que se conocieron esquiando en la Sierra, que es hija del dueño de una fabrica de autos, con hermano ingeniero, y que vive en un gran edificio céntrico. Este último embuste sirve para varios gags en los que Rocío finge ser maestra de idiomas para explicar su presencia al confundido conserje interpretado por un José Luis López Vásquez desconocido en ese entonces.

Pronto Rocío y Rafael son inseparables, lo que sorprende a Alicia (Amparo Barro) su hermana, y a Elena, que pasa por la novia oficial del chico. Lo entretenido es ver como se divierten estos ociosos, ya que pronto Rocío es integradaa  los eventos de los ricos como reuniones en un club, guateques y hasta una gymkana.

El clímax del filme es una elegantísima fiesta a la que Rocío asiste con galas prestadas por su casa de modas. El portero del edificio que ha comprendido al final las razones de la chica para fingir vivir ahí, escolta a “la Señorita Rocío” hasta el auto de Rafael.

Lo que Rocío no sabe es que Alicia ha descubierto quien es. Alicia, Elena y otras envidiosas acorralan a Rocío en el tocador de señoras y la desenmascaran. Todavía recuerdo esa escena que me hizo berrear de ira. ¿Cómo podían las chicas ser tan malas con una de ellas? Ingenua de mí.

Para no hacer escándalo, obligan a Rocío a marcharse y a no ver más a Rafael. El la sigue e insiste en llevarla en su coche. Para sorpresa de Rocío,  Rafael la lleva su casa de verdad no al edificio. El caso es que él siempre ha sabido que ella es pobre y no le importa como tampoco  le importan sus mentiras. Sin embargo, la humillación ha obligado a Rocío a poner los pies en la tierra.

Poco después, Rafael vuelve a buscarla  a la casa de modas. Rocío lo lleva a su "mundo", la tasca del barrio. Está empeñada en mostrarle cuan diferentes son. Incluso canta un tema de zarzuela en el que dice preferir los “Piropos de mi barrio”. Le vamos a creer. Finalmente es el padre de Rocío quien debe hacer entender a Rafa que su hija no es para él. La peli termina con una insinuación de que Rocío le dará la oportunidad a Juan, tan honrado, pero tan feíto.

Me fui a la casa dando patadas mentalmente. Yo estaba acostumbrada al happy ending y me sentía estafada. ¿Como una chica enamorada iba a permitir que orgullo y clase la separarán del amor?  Mas encima la cinta se llamó en Chile “La Cenicienta del Barrio” (La chica del trébol quedó para el libro) y todos sabemos que Cenicienta se queda con el príncipe.

Años más tarde cuando comencé a analizar los cuentos de hadas desde una perspectiva sociocultural caí en cuenta que, aunque Cenicienta anda descalza y duerma acurrucada al lado de fogón en una cocina con ratones, en el fondo es Daenerys Targaryen, una reina mendiga y que en los cuentos el príncipe se queda siempre con una igual, princesa, aunque venida a menos.

“La chica del trébol” expone la manera de pensar de una sociedad burguesa bajo un régimen autoritario, donde cada uno debe saber cual es su sitio y cada oveja con su pareja. Meterles en la cabeza a las dependientas, modistillas, etc. que pueden casarse con un millonario es engañarlas, empujarlas a caer en la mala vida o peor, crear una raza de descontentas, rebeldes y revolucionarias. Comparándola con las telenovelas, tengo que aplaudir que en nuestra clasista America, el culebrón si permitía la movilidad social o a través del matrimonio (Maria Isabel) o del esfuerzo propio (Simplemente María).

Volviendo a Rocío Dúrcal, “La chica del trébol” fue la última película que vi en el Rex y de la cual leí su libro. Cinefa dejo de publicar versiones noveladas y no hay de las que la diva hizo con los galanes latinoamericanos Palito Ortega (“Amor en el aire”) y Enrique Guzmán (“Acompáñame” que vi en el Rialto en 1967).  La carrera de Rocío Dúrcal estaba virando hacia otro estilo, uno más maduro.

A fines de los 60, Rocío había iniciado un romance con el cantante Junior con quien se casaría en 1969, El nacimiento de su hija, once meses después, la alejaba totalmente de la imagen juvenil que la había hecho famosa. Ahora Rocío optaba por un cine más serio, más literario. Comenzó con una adaptación de la novela rosa española por antonomasia, Cristina Guzmán de Carmen de Icaza. La siguió en 1969 “La novicia rebelde”, una versión musical de La Hermana San Sulpicio de Armando Palacios Valdés.

El buen desempeño artístico de Rocío Dúrcal llamó la atención de nada menos que de Luis Buñuel quien la solicitó para su adaptación de la Tristana de Pérez Galdós. Una lástima que no llego a darse y que al final fue Catherine Deneuve quien diera vida a Tristana. Rocío se consoló interpretando a otra heroína galdosiana. Afeada y sin cantar, en 1972, Rocío Dúrcal encarnaba a Marianela. Para entonces yo casi no iba al cine, a pesar de que era adicta total a la obra de Galdós.

Rocío pasó unos años sin filmar. El cine post franquista había entrado en su etapa de destape y las niñas prodigio no iban a ser una excepción. Si Marisol posaba desnuda  para una portada de Interviú, Rocío también entraba a la polémica con “Me siento extraña” donde daba vida a una mujer que exploraba sus tendencias lésbicas. A pesar de que para los estandartes modernos es un filme con pocas escenas gráficas, Rocío Dúrcal se arrepintió públicamente de haber hecho una película que no correspondía con su imagen.

Así, Rocío Dúrcal cerraba su carrera cinematográfica, justo cuando iba reinventarse para convertirse en una estrella inmortal, la Reina de las Rancheras. En los próximos treinta años, y antes de su muerte en el 2006, la voz de Rocío Dúrcal conmovería al mundo, pero para muchos ella nunca dejó de ser la Rocío de la Mancha o La Chica del Trébol.

Volviendo al impacto literario que tuvieron las niñas prodigio del cine ibero, falta comentar otro aspecto del fenómeno Rocío Dúrcal-Marisol. Los rostros de ambas fueron usados para una serie de libros en los que Marisol representaba a la colegiala de clase media acomodada del tardofranquismo, y Rocío hacia lo suyo como una hija de familia, veinteañera, coqueta y con ansias de vivir aventuras. De eso hablaremos en otra ocasión.

¿Existe hoy en dia un equivalente a esrta literatura inspirada por el cine? ¡Se siguen haciendo adaptaciones graficas  de filmes taquilleros