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domingo, 3 de febrero de 2019

¿Qué leían las niñas latinas del ayer? Louisa May Alcott



Me temo que a juzgar por mi experiencia de las niñas chilenas de Los 60, la respuesta pesimista seria “Nada’. Ni las latinas ni las que no lo son, leen mucho hoy ni ayer. Sin embargo, creo que hay una escritora que todavía se lee bastante en la edad escolar en America Latina. Y se leía mucho en mi infancia. Por eso estreno esta nueva sección con una escritora tan universal como es Louisa May Alcott.

Hace tiempo que quería escribir una semblanza de una de las escritoras que más influyó en la composición de mi personalidad. Hay buenas biografías, lo que falta es un estudio de su obra. Este blog no pretende serlo. Simplemente quiero revisar qué libros de Alcott estaban al alcance de las niñas (y también comparar ediciones y traducciones) en America Latina en Los 60, la época en que mis lecturas formaron mi manera de pensar.

En los 60, los libros se vendían en Chile como pan caliente, eran baratos, todo el adulto que sabía leer, aun la gente de clase humilde se preciaba de ser lectora, aunque fuese de revistas o periódicos muy populachentos como El Clarín. No parece que habláramos del mismo país, ¿verdad? Otra peculiaridad era la cantidad de libros infantiles que se podían adquirir, lo que me hace pensar que eran solicitados.

Digo “me hace pensar” porque yo lectora, y de familia lectora, no vine a encontrar a nadie de mi edad que compartiera mi hobby antes de llegar a USA en 1974. Como Lila Cerullo yo aprendí a leer a los tres años y sin ayuda. Desde entonces, viví hambrienta de lecturas. Si algo debo agradecerles a mis padres es que me proveyeran de libros constantemente.

Mi entrada a la escuela en 1966 fue un shock en muchos aspectos. El principal, el que de mi curso (Primera Preparatoria) fuese yo la ‘única que sabía leer. Mientras mis compañeros desgranaban minutos tratando de unir letras y sonidos en una clase llamada “Silabario”, yo me entretenía con copias antiguas del Lector Chileno donde aprendí poemas de Rubén Darío (Caupolicán) y descubrí como un tal Mowgli se defendía de los Bandar-Logs.

Lo extraordinario es que las maestras (hasta el séptimo grado todo el cuerpo docente era femenino) no se admiraban ni ante mi sapiencia ni ante mi imaginación. Esta Lila no conocería a la Maestra Oliviero sino hasta llegar a USA. Por el contrario, las profesoras me veían como “rara” o “creída”. Así yo fui aprendiendo a no serlo, a guardarme mis opiniones, a tratar de no sobresalir en clase, a ser como todo el mundo.

En lo único que no pude transar fue en la lectura y así recuerdo que en segundo grado las maestras (en ese entonces nadie las llamaba “tías”) cuchicheaban y me señalaban con el dedo “¡mírenla, leyendo Mujercitas a los 7 años!” como si yo estuviera leyendo el Kama Sutra. Todavía no entiendo qué hay de malo en leer Mujercitas, aunque si concuerdo que Alcott no debe leerse antes de esa edad, porque se comprende menos.
Colección Robin Hood

Mi primer libro de Louisa May fue Corazón de oro, uno de los muchos títulos en castellano de An Old Fashioned Girl. Lo recuerdo como parte de mi mínima colección en la casona de Quilpué donde viví entre 1964 y 1965.  A mi abuela que solía pasar los domingos con nosotros, y ya mostraba señales de Alzheimer, le gustaba leerme capítulos de ese libro.

Recuerdo que era un libro muy delgado por lo que creo que debe haber sido una versión abreviada y que tenia en la tapa dos niñas de grandes sombreros, uno rosado y otro celeste. Eso es todo lo que recuerdo. Ese libro, junto con el resto de la biblioteca, quedó sepultado bajo escombros después del terremoto del ’65.

No volví a saber de Louisa May Alcott hasta mi séptimo cumpleaños. Fue una fiesta gigante, en la que—según los adultos— para no avergonzar a nadie o hacer comparaciones sobre sus regalos (la clase media chilena siempre ha sido la misma) se hacía que los invitados dejarán sus paquetes sobre la cama del cuarto de huéspedes. Al día siguiente, los abríamos, hacíamos un atado con las tarjetas y luego me hacían llamar a cada uno para agradecer el regalo.

No recuerdo bien quien me regaló tres libros de la Colección Gacela Blanca, una colección que mi madre despreciaba por “baratieri” y porque consideraba que no traía la obra completa. Uno de los libros se llamaba Una niña anticuada. A pesar de los desprecios de mi madre, la leí y descubrí que era Corazón de oro. Me temo que la trama no me interesó, y me pareció tonto que pusieran a Maud, un personaje terciario, en la portada en vez de Polly o Fanny como en la edición de la que me leía mi abuela.
Colección Gacela Blanca

La variedad de nombres provocaba confusión y parecía inexplicable. Según Wikipedia, la traducción original fue en 1953, llevó el nombre de Corazón de oro, y fue parte de la Colección Cadete de la Editorial Mateus. Este título continuaría en 1961 en la edición de Colección Amable de la Editorial Vasco-americana. Y reaparece en 1966 en la Colección Franja Morada de la Editorial Felicidad.

Sin embargo, en 1957, y en la misma España, apareció una excelente edición (Editorial Molino) titulada Una Chica a la Antigua, que recibiría de regalo en mi decimo cumpleaños y que finalmente me haría caer en cuenta de los muchos méritos de la obra. Al otro lado del charco, la editorial argentina Atlántida hizo su propia traducción para la Biblioteca Billiken y usaron este título. Han seguido en esa onda para la Nueva Biblioteca Billiken donde incluso dividen el libro en dos, teniendo la segunda parte el título Una chica a la antigua se enamora.

Pero el enredo del título continuaba. En 1962, la Editorial Bruguera sacaba una edición titulada Una muchacha anticuada. Conservaron el titulo para su redición de 1985. Para no quedarse atrás la magnífica Colección Robin Hood sacó un volumen en la Argentina en 1964 bajo el título de Una niña anticuada. ¡De ahí se copió Gacela Blanca, que para aumentar el enredo ya tenía una edición titulada Corazón de oro!
Gacela Blanca

Es importante que conozcan de la existencia de todos estos nombres si van a buscar una edición en español. A propósito, el E-Book lo venden como Una niña anticuada.

 Y llegamos a 1967, el año en que conocí realmente a Louisa May. Fue un año lleno de sorpresas, no todas gratas. Más impresionante que la meningitis que contraje a fines de octubre y que casi me lleva al Patio de los Callados, hubo otro acontecimiento que sacudió los fundamentos de mi familia. A mediados del otoño (fines de abril) mi madre se marchó a Santiago a someterse a un largo y delicado tratamiento de la columna vertebral y no regresó sino hasta octubre.

Lo prodigioso del hecho es a) que mi padre, el hombre menos domestico de la tierra, se hizo cargo de la casa y lo hizo muy bien b) que (y tengo buena memoria) no recuerdo que nos hayamos despedido de mi madre y que cuando la fuimos a ver por única vez, casi en agosto, noté que tenía un teléfono en su mesita de noche, Aun así no recuerdo que nos haya llamado nunca y si lo hizo,  nunca pidió comunicarse con nosotros y c) que aunque éramos niños sensibles y cariñosos, nunca la extrañamos.

Un poco antes de irse, mi mamá me llevó a Casa Lily, entonces la juguetería más grande de Viña del Mar, y que también traía una librería infantil, y me compró Mujercitas, de la Biblioteca Billiken. Era la versión original, en el sentido que acaba con el compromiso de Meg. Recuerdo mi impresión ante un libro que parecía “de grandes” (léase de adultos).Si cuento esta anecdota, es porque creo que este libro fue el regalo de despedida de mi mam'a.



Me impresionó que Meg recibiese tanta critica solo por ponerse guapa para una fiesta, que a Amy la golpeara un maestro y que hiciera un testamento, y que Jo se atreviera a ir a un baile con el vestido quemado. También me impresionaron su teatro y sus experimentos culinarios cuando Marmee, harta de hijas tan fodongas, las abandona a su suerte por un día. Pero mi March favorita era Beth.
Eve Plumb como Beth en la miniserie de 1978

Me gustaba que fuera tan hacendosa, tan optimista. Por ella, decidí lavar y vestir mejor a mis muñecas. Mis experimentos con la maquina de coser fueron tan desastrosos como los de Jo con la cocina, pero al menos comencé a prestarle un poco de atención al orden y limpieza, aunque fuera solo en el espacio donde estaban mis juguetes.

En ese tiempo, sin más vigilancia que las dos chicas de servicio que me dejaban bastante libertad, asalté la vieja biblioteca de ediciones rusticas que se había apilado en el garaje. Entre muchos libros—rotos, sin tapa o de condición tan humilde que no merecían lucirse en la biblioteca principal— encontré copias de Jack y Jill y Ocho Primos. La primera, parte de la Colección Robin Hood, me aburrió, pero la saga de los primos Campbell de la Colección Cordillera me encantó.

1967 acabó conmigo muy enferma, parte de mi enfermedad y convalecencia fue la prohibición de leer. Ahora entendía a Mac de 8 Primos cuando el sarampión puso en peligro su vista y estuvo obligado a estar en la oscuridad con visera y sin libros. Beth nuevamente vino en mi ayuda. Su ejemplo me ayudó a superar el tratamiento: unas inyecciones de antibióticos muy dolorosas y aislamiento sin lectura ni visitas que me perturbaran (ósea sin perro y sin mi hermano).

La compensación llegó en diciembre, de parte de Santa Claus (si, en ese tiempo todavía celebrábamos Navidad y todavía yo creía en El Viejo Pascuero). Entre los muchos libros que recibí estaban dos de la Colección Robin Hood, Hombrecitos y Señoritas. Una hojeada y me di cuenta de que eran la continuación de las aventuras de las Hermanas March. Tuve para leer todo enero.

Hombrecitos me pareció muy simpática. Me entretuvieron las aventuras de los chicos, pero el que no hubiese personajes femeninos (aparte de Daisy y nunca soporté a Nan) con los que identificarme me frustró un poco. La Señora Baher era un encanto, pero me costaba mucho recordar que era Jo March.



Señoritas fue más influyente en el desarrollo de mi personalidad. La muerte de Beth me impactó más que el que Amy se casara con Laurie (yo siempre quise que Laurie se casara con Beth). Además, que me encantó Fritz Baher, y me dejó el gusto por los hombres mayores. Más importante aún, volví a identificarme con Jo e hice una solemne promesa que cumplo hasta hoy: dedicar mi vida a escribir.

Una palabra sobre las hermosas ediciones. Robin Hood era una colección de lujo, con tapas duras de color amarillo y estupendas ilustraciones de cubierta por Pablo Pereyra. Las ilustraciones interiores—la mayoría creación de la rosarina Ely Cushie—también eran de gran calidad. No sé cuan caras sean hoy, pero si es posible búsquenlas, son una belleza.

Un reproche que se le hizo en su momento a esa colección fue que les cambiaba los nombres a los clásicos. Tal vez para reafirmar que eran traducciones latinoamericanas y desafiar así a la industria editorial española que parecía tener el monopolio en lo que se refiere a traducciones de libros. El caso de Señoritas ejemplariza esta trend.

El titulo original es Buenas Esposas (Good Wives), y se ha rescatado para la edición digital. Mas el título de las primeras ediciones españolas es Aquellas Mujercitas y así aparece en Gacela Blanca (1959) Mateus (1960), en la de Felicidad (Bilbao, 1962) y Bruguera (1964, 1983 y 1986), la Vasco americana (1975) y Susaeta del 96.
(Libreria Mariano, 1986)

Sin embargo, a fin de siglo le inventaron un nuevo título. Las mujercitas se casan (Atlántida, Biblioteca Billiken 1974 y 1996) e (Iridium, Editorial Kapelluz, 1976) título del que se han apropiado varias ediciones de E-Book.Este encuentro con los múltiples nombres volvería a presentárseme en el 1968.

Fue un año difícil, y no solo por la sequia (los veranos sin agua, llenado las tinas para poder tirar la cadena) que hasta nos privó de un árbol navideño. Entremedio, llegué a la conclusión que, aunque amaba los estudios, detestaba la escuela y que el bullying nunca acabaría.

Entonces tomé una decisión y le pedí a mi madre que no me celebrará el cumpleaños. Era hipócrita invitar gente a comer mi pastel si en la semana me llenaban de pullas o me empujaban por las escaleras. Prefería celebrar mi cumpleaños con mi hermano en el suyo, en noviembre. Así pude invitar solo a tres amigas “de verdad” (una de ellas, una maestra inglesa que ese mismo día me llevó a conocer al Duque de Edimburgo, pero ese es otro cuento).

Una de esas amigas me regaló Bajo las lilas de la despreciada Colección Gacela Blanca. Es un libro muy simpático, pero estrictamente para chicos. Carece de las profundidades del otro libro que recibí ese día, obsequio de mi querida Nana Malena. Era un libro cuadrado de tapa dura, laminado en plástico perteneciente a la Colección Franja Morada de la Editorial Juventud. Esta editorial española era ya conocida por sus versiones (muchas resumidas) de clásicos infantiles y adultos. Su precio bajo la hacía idónea para que nuestras nanas tuvieran una fuente de regalos para nuestras navidades y cumpleaños.

Como era tan económica este tipo de edición, no ponían al autor en las tapas. Así que yo solo vi el dibujo de una chica ensombrerada y el titulo Juventud. Fue cuando leí un poco de su interior cuando descubrí que se trataba de la secuela de Ocho Primos. Nuevamente tenemos esas discrepancias de títulos.

Louisa May Alcott público su secuela bajó el titulo Rose in Bloom (Rosa en flor), pero la traducción mas antigua al castellano (Editorial Molino, Colección Jovencitas, Barcelona, 1944) nos la trae como La juventud de los 8 primos. Así reaparece en la siguiente de Molino (Barcelona, 1958) e incluso la edición chilena de Zigzag lleva ese largo nombre.
Colección Jovencitas, 1944

En cambio, la Colección Cadete de Mateu del 59 ya abrevia el titulo a simplemente Juventud. Algo que haría Felicidad tanto para su edición del 59 como para la Franja Morada. Pero la Colección Robin Hood, contreras como siempre, para su edición de 1962 traduce el titulo original de Rosa en flor. Sin embargo, quien le dio ese título originalmente y en 1960 fue Bruguera. ¿Quién los entiende?
Colección Robin Hood, 1962

Para mi décimo cumpleaños, en vez de fiesta se hizo un servicio de té al que invitaron solo a adultos. Era como una reafirmación de la percepción que había en casa de que yo ya iba camino a señorita (usaba training bra y pantyhose) y por eso mi madre aviso a las visitas: “A la Nenita solo tráiganle libros. Ya no está en edad de juguetes”.

 Entre los libros (recuerdo que hice una torrecita con ellos) estaba La Biblioteca de Lulú (Editorial Molino) regalo de las Nanas Alejandra y Mónica, con la excusa de ‘ya se ve que es pa’ cabros chicos, pero era el único de la Alcott que no tienes”.  Les estoy muy agradecida, aunque estos relatos, que Louisa May escribió poco antes de morir para entretener a Lulú su sobrina-hija adoptiva, son en su mayoría cuentos de hadas, pero entremedio da un toque de realidad el excelente “El secreto de Sofia”.

Quien no fue tan prolija como las nanas en revisar que ya había en mi biblioteca fue mi profesora de ballet quien me trajo la edición de Molino de Una chica la antigua. No sé si seria la edición, las ilustraciones, lo que me hizo releerlo y verlo con ojos más maduros y descubrir que encierra otro texto feminista de LMA.

Yo creía acabada mi exploración de la literatura infantil alcottiana, cuando en 1970, la Librería Quillota de donde yo era parroquiana, sacó un nuevo libro con el titilante título de Los muchachos de Jo. No se necesitaba de más para saber que era secuela de Hombrecitos. Aunque yo, acercándome a los once años, ya leía libros “de grandes”, no pude resistirme y lo compré con mi mesada. Tremenda desilusión.
Colección Robin Hood

Se lo presté a mi mamá que anunció “parece que a la Alcott se le acabó la imaginación”. Es cierto, es un texto que comienza prometedoramente para luego desparramarse y culminar a la carrera. Solo hoy entiendo lo que ocurrió. La autocensura mató el sello final de las aventuras de La Familia March.
Cercana a su muerte, luchando con dolores, pesadillas y drogadicción, Louisa May se rebeló contra las “paparruchas morales” que estaba obligada a escribir. Ella pudo jugárselas con el texto y desplegar ahí su afición al melodramatismo gótico, pero no se atrevió y prefirió darle un final abrupto y absurdo.

Con esa desilusión, me fue fácil sentir que había madurado y dejado atrás mi etapa de lectora de Louisa May Alcott. Mantuve esa idea las raras veces que recordaba su obra, hasta 1978 cuando la BBC adaptó Little Women y su secuela en un formato de miniseries. Curiosamente, esta fue la primera adaptación fílmica que vi.

 Mi hermana, tan devota de LMA como yo, me regaló un tomo que contenía ambas Little Women and Good Wives. Unas horas antes de dejar Chile, en el 2016, lo metí en mi maleta, pero a última hora, lo retiré para meter mi manual del I-Ching. Fue un intercambio de prioridades y me pregunto si volveré a ver ese volumen. Entretanto mi hermano me regaló este.

En la última década del siglo pasado, y tal como ocurrió con Margaret Mitchell, el mundo académico estadounidense se interesó en Louisa May Alcott. Por suerte para ella, sus credenciales y corrección política nunca han sido puestas en duda. eso la ha mantenido vigente.

Este interés académico llevó a una revelación y repaso de su “obra clandestina” la que publicó bajo seudónimos. Estoy hablando de títulos como A Long Last Chase y Detras la Máscara. Relatos góticos, romances de suspenso, thrillers sensacionalistas. Precisamente lo que escribía Jo March y que Fritz Baher le reprochó como una perdida de tiempo y talento.


 Lamentablemente, debo ponerme del lado del Profesor Baher. En comparación a la prosa fresca, dinámica y humorística de las novelas juveniles, estos textos son pesados, lentos, llenos de lenguaje engolado, personajes unidimensionales y situaciones exageradas.

Lo que los hace interesantes es su “inmoralidad”, ósea su tremendo contraste con las novelas juveniles. Las mujeres de estos cuentos no se sienten sujetas ni por religión ni por el que dirán ni por las enseñanzas de Marmee. En estas historias vemos sexo, drogadicción, asesinatos, adulterio y bigamia ser practicados sin ningún reparo moralista. En Behind the Mask, una especie de parodia de Jane Eyre, una fea y pobretona institutriz cumple con sus ambiciones de atrapar un marido rico gracias a su duplicidad y falsa apariencia virtuosa.

En A Long Fatal Chase, tenemos a Rosamond tan aburrida que ofrece vender su alma al diablo antes que seguir viviendo con su abuelo en una isla inglesa. Llega Philip Tempest, un Don Juan que la seduce, se casa con ella y huyen juntos a Niza. Un año más tarde, Rosamond descubre que su marido ya está casado, el resto de la novela la trae huyendo por Europa perseguida por su amante. Entremedio, la pobre bígama se enamora de un curita… ¿muy diferente a Mujercitas verdad?


Otra cosa que descubrieron los académicos es que Louisa alternaba periodos de gran depresión con otros de afiebrada actividad. Pero antes de colgarle el sambenito de bipolar, los expertos encontraron un dato más espeluznante. La época más trabajólica de Alcott, en la que escribió su mejor obra, fue una en la que ella ya estaba desahuciada. Envenenada por mercurio, que se le administró para salvarla de la tifoidea, Louisa vivió sus últimos veinte años en este mundo, presa de dolor, de alucinaciones y de adicción al opio que usaba como calmante.

¿Como se manifestaba este aspecto desconocido de su personalidad en su trabajo? Eso es algo que me gustaría explorar en otro blog y también ver las ideas de Alcott, sus contradicciones (porque como todo genio era contraria) y como se reflejan en su obra.

¿Cuéntenme ahora cuál es su novela favorita de Louisa May Alcott? ¿Fue la primera que leyeron? ¿Qué edad tenían cuando la leyeron y como afectó sus maneras de pensar?