miércoles, 15 de agosto de 2018

Cine Retro, 1974 y la Era Gatsby


La midifalda murió debido a que era una prenda poco practica, poco flexible, poco estética, pero los Setenta se caracterizarían por ser una era totalmente nostálgica lo que afectaría la moda más allá del largo de un vestido. Los diseñadores volcarían sus ojos a la Depresión, a la Segunda Guerra Mundial y,  ya a finales de la década, a la Era del Rock, y en 1974 un filme crearía toda una tendencia retro.
Como hemos visto en este repaso de la Guerra de los Largos, el cine tuvo una fuerte influencia en  las faldas femeninas. Un factor que servía de puente entre la pantalla grande y la pasarela era el auge de la nostalgia.

La Neo Nostalgia de los 70
La nostalgia per se no era novedad. Desde la Depresión que se había hecho costumbre volver los ojos a décadas anteriores para recordar prosperidad y valores perdidos. Esto influía tanto sobre  la moda como en la cultura popular. Pero en los 70s hubo una variación. Más allá de enaltecer, recordar o recobrar el pasado, se buscaba  adaptarlo, al menos en lo que se refiere al vestuario, a los prosaicos 70.

La década fue muy dura para los Estados Unidos (ni hablar de América Latina). El deshonroso final de la Guerra de Vietnam, el bochornoso caso de Watergate, la crisis económica, el boicot del petróleo, etc. Se necesitaba escapar. ¿ y qué mejor manera que  a través de un cine nostálgico?

No solo América se rendiría a la nostalgia. En el Reino Unido hubo un renovado interés por la Era Edwardiana,  en el cine con “Las 4 plumas “y El joven Winston” y en la televisión con “Lillie””La Duquesa de Duke Street” y sobre todo “Upstairs Downstairs”. Pero las décadas que más influirían en los Sesenta, serían las más terribles del Siglo XX: los 30 y los 40.

Era como si se quisiera rescatar lo más bello de entonces (música, cine, moda) a la vez que se presentaba casi como una fábula con moraleja los peligros que habían asolado al mundo debido a depresiones financieras y al apogeo de dictadores. Había algo de macabro en la perfecta recreación histórica de música, decorado, costumbres y estilos de vestir. Esa fue otra novedad de ese culto a la nostalgia.

Hasta 1970, a menos que se tratase de un filme que tenía lugar antes del Siglo XX, el vestuario era estrictamente el del momento. He visto películas de los 20,  hechas en los Cincuenta, en que las actrices se pasean con tacones de aguja y faldas bouffant. El colmo fue un filme italiano de los 60 que tenia lugar en la Segunda Guerra Mundial, pero la protagonista aparecía con pelo lacio, botas y mini. La misma “Bonnie y Clyde”ni se acercaba a lo que hubiera usado la verdadera ladrona. Basta compararla con la versión para televisión del 2013. Otro gran ejemplo es “La Novicia Rebelde” que aunque tiene lugar en el Anchluss (1938) trae a Julie Andrews vestida a la usanza del año en que produjo el filme, 1965.
La verdadera Bonnie Parker vs Holiday Granger

Fraulein Maria y su anacrónico vestuario


Los 30 se Ponen de Moda
Eso cambió con filmes europeos como ” Borsalino” (Francia, 1970) que nos brindaba a Jean Paul  Belmondo y Alain Delon convertidos en mafiosos en la Marsella de 1930. Las modas eran particularmente parecidas a las de ese tiempo. Yo vi “Borsalino” en el 71 y fue otro ejemplo del tipo de vestidos que yo soñaba vestir.

Ese mismo año, el cine italiano volvió sus ojos a un pasado cercano, los años del fascismo con la adaptación de dos éxitos literarios de la posguerra: El Conformista de Alberto Moravia y El Jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani.  Ambas fueron protagonizadas por Dominique Sanda que se convertiría en un símbolo de esa belleza de los Treinta, a pesar de que no volvería a hacer un filme situado en esa década sino hasta el “1900” de Bertolucci,  en 1976.




Dominique Sanda en El Conformista

Dominique Sanda en El Jardín de los Finzi Contini













En 1971, la Academia premiaría “El Jardín” como la mejor película extranjera del año. Pero más importante fue su influencia en el vestuario que explica este traje sastre de la portada de una Hola de 1971.





Para 1972, la cultura popular inglesa exigía anualmente una dosis de cine nostálgico situado en eras exóticas como los 30. Así tuvimos a Dame Maggie Smith luciendo la ropa de esa década en la adaptación de Viajes con mi tía de Graham Green. Para la televisión, Richard Chamberlain, ya encaminado a una carrera de ídolo de las miniseries,  interpretaba al Rey Eduardo VII en “The Woman I Love”. Fay Dunaway era la ultra chic Wallis Warfield.















Pero seria en Hollywood, donde se abriría la temporada de la nostalgia con dos filmes, hoy legendarios: “El Padrino” y “Cabaret” ¿Quién se ha olvidado de esa pamela gigante que Diane Keaton lleva a la boda de Constanza Corleone? ¿O del vestuario sencillo de siciliana de fines de los 40 de Apolonia, la primera esposa de Michael Corleone?


“Cabaret”, aparte de la magnifica banda sonora, trajo modas de comienzo de los 30, tanto en  la abigarrada vestimenta de Sally Bowles (Liza Minelli) como el chic glamour de los atuendos de Natalia Landauer (MarisaBerenson).  Y si alguien tiene alguna duda sobre la influencia de este filme sobre la moda, basta ver a Marisa, ese año,  modelando un St. Laurent que es una copia de lo usado en “Cabaret”.
Marisa Berenson en Cabaret


Marisa Berenson en St. Laurent

St. Laurent definitivamente se había dejado ganar por la nostalgia, lo demuestran estos modelos también del 72.Hubo un interesante giro de la moda ese año, aunque las faldas se llevaran cortas desde la cintura para arriba se lucían looks antiguos con sombrero y todo. Ese es el caso de Anjelica Huston y este modelo de Valentino.


No se puede dejar de hablar de filmes retro de 72 sin mencionar “Lady Sings the Blues”. En plena era de los Blaxploitation films, fue una refrescante novedad ver a la famosa cantante Diana Ross dar vida a la legendaria Billie Halliday con un vestuario estrictamente de los años 30.

Y el Oscar al Mejor Vestuario es para….
Otro  medidor de la influencia de la moda eran los Oscares al mejor diseño de vestuario. “El Padrino” fue nominado el 72, pero le ganó “Viajes con mi Tía”. En 1973, el premio haría historia al ganarlo un filme donde el vestuario era casi exclusivamente masculino.

 Robert Redford, Paul Newman y Robert Shaw fueron considerados los mejor vestidos en el cine de ese año gracias a “The Sting”, uno de los filmes que seguía el trend del cine-de-nostalgia-de-la depresión. Ese año, Tatum O’Neal también hacia historia ganando un Oscar como mejor actriz por “Paper Moon.”, otro homenaje a la Depresión.

“Paper Moon” tuvo una breve carrera como serie de televisión. Creo que no superó una temporada. ¿Qué importaba si una de las series mas vistas en la televisión eran “Los Waltons”. A partir del 72 hasta 1981 vimos a una familia de las montañas de Virginia sobrevivir la Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

Volviendo a 1973, Robert Redford había encontrado su espacio en el cine de nostalgia. Ese año también hizo pareja con Barbra Streisand en “The Way We Were?”(Nuestros años felices) . Otro filme que fue nominado como mejor vestuario por una historia que va desde 1937 hasta la Era McCarthy. Una influencia de ese filme fueron los pantalones femeninos que dejaron de ser ajustados en el muslo y acampanados de la rodilla para bajo (el estilo “pata de elefante”) para retomar el diseño de los pantalones de los Treinta, sueltos y amplios desde la cintura hasta el tobillo.


 La moda estaba reflejando aquí y acullá lo que bajaba de la pantalla. Lo notamos en la Hola y en 1973 Sonia Rykiel comenzó a hacerse conocida con sus extravagantes diseños. Este sweater es horrible, pero la falda no está mal.

Modelo de Sonia Rykiel

La Era Gatsby
Así llegamos a 1974,  un parteaguas en la moda y todo gracias al cine. Ese año, Robert Redford interpretaría al trágico anti héroe de Scott Fitzgerald en “El Gran Gatsby” (la mejor versión). Es indudable que este filme, de Jack Clayton,  contribuyó tremendamente a un estilo de vestir que incluso lleva su nombre, pero 1974 tendría otros dos filmes , también nominados al Oscar, cuya influencia seria mas notoria y duradera. Y tenemos que mencionar también "Amacord"el homenaje de Fellini a la Italia de su infancia que ganaría el Oscar del 75 como Mejor Filme Extranjero.

El primero es una de las muchas, pero quizás la más elegante,  de las versiones de Asesinato en el Expreso del Oriente  de Agatha Christie. La otra es una nueva ocasión para Faye Dunaway de implantar modas. Hablo de la obra maestra de Roman Polanski “Chinatown”.  El vestuario de Evelyn Mulrway  (Dunaway) es deslumbrante,  lo suficiente como para hacer a la espectadora desear copiarlo. Y se copió, al menos por los próximos cuatro años. Aqui el melange hecho para la categoría del mejor vestuario en los Oscares de 1975 (que ganó Ël Gran Gatsby").

Sin embargo, para los que vivimos ese año en el Hemisferio Norte ( mi primero en el Primer Mundo)  lo memorable fue la moda “Gatsby”. Es triste pensar que hoy cuando uno menciona esas dos palabras se piensa en Leo Di Caprio, demasiado grueso y viejo para ser el héroe romántico de Scott Fitzgerald, o esa Carey Mulligan tan siglo XXI, tan común y silvestre,  y esos trajes de cosplay como escapados de baúl de disfraces de Halloween.

La versión de 1974 se caracteriza, no solo por su soberbio reparto,  sino también por su belleza: belleza física de los actores, belleza de Rhode Island fingiendo ser Long Island (esta película fue filmada en casas, no en dibujitos digitales como la del 2011), la belleza del vestuario y la de la iluminación. No sé como lo consiguieron, con qué se cubrió la cámara, pero la luz de todo el filme es o dorada o gris azulada. Unos tonos perfectos que dan la impresión, sobre todo en los interiores,  de que el mundo se ve a través de visillos de muselina.

Gatsby pondría de moda los trajes blancos Palm Beach para los caballeros (confeccionados por Ralph Lauren para el film), y la industria de la sombrerería resurgiría con los picture hats de las damas  y los trilbys y fedoras  de los hombres.  Hasta hubo un renovado interés en automóviles de la época y el turismo en Newport cuyas mansiones habían sido usadas para la filmación,  tuvo un renacimiento, pero era la moda femenina  la que capturaba la imaginación de las espectadoras y de los modistos.

Para ser francos, es una moda un poco artificial. Una visión muy personal de Theoni V. Aldredge y que le ameritaría un Oscar y un Bafta por Mejor Diseño de Vestuario. No es que sea anacrónica o falsa. El personaje de Karen Black, su hermana, las invitadas de Gatsby, y hasta cierto punto Jordán Baker (Lois Chiles),   todas visten a la moda de 1925,  el año en que se publicó la novela, pero no así  la protagonista Daisy Bucachan. Todo el vestuario de Mia Farrow está hecho de material muy delicado (para sobrellevar el calor insoportable de ese verano neoyorquino en un mundo pre-aire acondicionado) muy refinado, pero también misterioso.


El libreto de Francis Ford Coppola hace hincapié en el aura fabulosa de Daisy y como hechiza con esa impresión de ser de otro mundo tanto a Gatsby como a su primo Nick Carraway. Scott Fitzgerald creó a Daisy como una copia de su esposa Zelda. La novela la empezó a escribir cuando estaba recién casado , pero la acabó en Europa, tres años más tarde cuando ya estaba desilusionado de Zelda y ella manifestaba señales de enfermedad mental.

Gatsby es la historia de una obsesión con algo que no existe y que le cuesta la vida al obsesionado. Al final, Nick descubre que su prima no es la mujer que Gatsby idealizó. Sin embargo,  a lo largo de la novela, Nick también ha creído en esa ilusión.

Aprovechando el apoyo de la imagen visual, Coppola convence al público de que Daisy es un ser sobrenatural, una criatura elegante, sublime,  casi intangible. Y Theoni la viste como tal con texturas sutiles y livianas como la gasa, el tul, la crepe de chine, el tafetán. Telas que se desplazan con ella, trasparentes, gráciles como las alas de una libélula. Para aumentar ese efecto, Mia Farrow complementa la ropa con capas, bufandas y mangas breves o pagoda que también añaden movilidad y esa sensación de que Daisy es empujada por una brisa propia.

Las capelinas, además de proteger del sol,  le dan al personaje una sensación romántica y remota. De hecho, Mia no usa los cloches en boga sino hasta la escena final en ese encuentro con Nick, donde para él la prima cae definitivamente del pedestal donde quería que la situaran. incluso cuando va Daisy a una fiesta en el palacete de Gatsby cubre su cabeza con una malla hecha con pedrería que le da el aspecto de un objeto de arte.

Sin embargo, a pesar de que Daisy es un ideal, también es un objeto de seducción y Theoni puede haberse inspirado en el vestuario de Greta Gabo en The Devil and the Flesh, donde su Felicitas proyecta su oscura,  pero poderosa sensualidad gracias a telas trasparentes y velos.
De la Pantalla al Escaparate
Si me he detenido tanto en el vestuario es porque, pocos filmes han tenido tanta influencia en la moda de un año. Y paso a contar de lo que yo fui testigo en ese tiempo. En 1974, yo leí en El Mercurio, que se estaba filmando “El Gran Gatsby ”con Mia Farrow y Robert Redford. Aunque no había leído nada de Scott Fitzgerald, si sabia algo de su vida, pero para su estreno yo ya  no estaba en Chile.

En junio de ese año, cuando “El Gran Gatsby” ya había estrenado en USA, nos fuimos a Nueva York. En Chile era invierno y MI Ma me hizo ponerme para el viaje  jeans,  sweater, botas y un Montgomery. Eso a pesar de que sabía que en Estados Unidos estaban en verano. Yo creo que lo hizo para no cargar con tanta ropa en su maleta.

El caso es que hicimos escala en Perú. En un café en El Callao me vine a dar cuenta de dos cosas, que los pasajeros se estaban cambiando de ropa , obviamente para no morirse de calor o lucir ridículos al llegar al Aeropuerto Kennedy. Lo otro es que la ropa que se estaban poniendo las mujeres no se parecía a nada de lo que yo ya había visto en Chile. Una de ellas venia en un dos piezas de una tela tan ligera que la falda, amplia y larga,  parecía deslizarse sola. Era color verde almendra con un moño azul marino en el cuello que hacia juego con un sombrero azul . Todo un espectáculo.


Bueno, nuestra llegada a Nueva York coincidió con varios descubrimientos, uno que Mi Ma me había traído solo ropa de invierno (nueva,  de su tienda) así que tuve que pedirle prestada blusas y hasta ropa interior: Otra,  que a pesar de poder leer en inglés, no entendía yo nada de cuando nos hablaban. Como , aparte de mi padre, era la ‘única que “se suponía” bilingüe en la familia, mi falencia nos hacía depender de mi padre que trabajaba todos los días. Para resumir, tuvimos que esperar hasta agosto para que se tomara unos días para mostrarnos la ciudad.

Como vivíamos en Queens,  siempre ir a Manhattan era ir a otra ciudad, una mas glamorosa. MI mamá nunca fue una buena turista, nunca le interesó ir a museos, subir al Empire State o conocer la Estatua de la Libertad. Ella quería ir a Park Avenue, y a Saks en la Quinta Avenida. Así es que tomamos el tren hasta allá, nos pusimos a caminar y a mirar los escaparates.

Después de haber visto un par de tiendas, además de Sacks, Mi Ma y yo nos miramos asombradas.¿ Por qué todas las tiendas ponían ropa de dormir en las vitrinas?  Es que todos los vestidos seguían un mismo diseño: faldas largas vaporosas, telas finas y dúctiles, tonos pastel o dorados.  Obviamente se trataba de camisones. Lo extraño es que las maniquíes también lucían largos collares de perlas, sombreros, y bufandas de seda como la que ahorcó a Isadora Duncan.

Por fin, nos atrevimos a entrar en una tienda. Mi padre interrogó a la dependienta que nos explicó con una sonrisita de suficiencia, que estábamos en presencia de la onda “Gatsby”. En otro momento me hubiera muerto de vergüenza, pero estaba demasiado ocupada viendo lo que ella traía puesto. Blusa de tafetán negra transparente, y una falda larga color verde bosque. Ósea, había gente que se vestía así, mujeres de carne y hueso. Salimos del tienda y nos preguntamos si realmente habría gente que se podría esos “camisones” para andar por la calle. La respuesta no se tardó en llegar.

Eran como las siete de la tarde cuando comenzamos a caminar hacia la estación de tren. Como era verano, el atardecer  estaba lleno de luz, pero la calle que,  hasta hacía unos momentos estaba colmada de gente,  ahora se sentía casi vacía… de pronto comenzaron a aparecer mujeres. Mujeres jóvenes o de edad mediana. Solas, acompañadas de otras mujeres,  algunas del brazo de hombres. Mujeres entrando a restaurantes, subiendo a taxis, saliendo de edificios.

El vínculo en común es que todas parecían haber descendido de los escaparates de las tiendas. Algunas llevaban collares de perlas, otras bufandas, otras sombreros, pero todas estaban envueltas en esos vestidos flotantes que le daban un aire fluido al andar.



Mi papá nos explicó que a esta hora la gente iba a tomar un aperitivo, o a cenar,  o al teatro en Broadway, que por eso las damas elegantes bajaban a la calle y se dejaban ver en sus mejores atuendos. Oí que mi padre le susurraba a mi mamá que algunas de esas niñas eran Call Girls de categoría que iban a reunirse con clientes. No me importaba que trabajo desempeñaran,  yo quería ser como ellas.
La anécdota sirve para expresar el impacto de un vestuario totalmente artístico, prodigioso y sensual en el verdadero sentido de la palabra. Era un vestuario suave de tocar, hermoso de ver y con sonido propio. Rememorando ese tiempo,  anoche en la cena, mi hermano me contó que hace unos años asistió a una exhibición del vestido en Cooper-Hewitt. Estando él  cerca de una fila de maniquíes vestidas de flappers, entró una brisa que inmediatamente estremeció a los muñecos y de esas faldas de shantung y crepe de chine,  surgió un sonido como de merengues desmoronándose.

No es necesario decir que tan preciosa ropa era solo para ocasiones festivas y formales. Nadie iba al trabajo en ese tipo de tenida, por lo que no volvería a tropezarme con ella  ni en mi escuela ni en la calle. Era algo para ver en las revistas , en fotos de desfiles de moda de grandes casas,  o de fiestas del jet set. En la edición parisina de Vogue ese otoño apareció un modelo que pretendía ser más “cotidiano”. Falda y capa de seda gris plateada en combinación con sweater de jersey y bufanda de  cachemira. Obviamente nadie iba a ir a dar clases o a atender enfermos en un hospital con tal vestimenta.

Los Grandes de la Moda
Ese año, los grandes diseñadores experimentan con lo que han visto en la pantalla grande, no solo en “Gatsby” sino en “Chinatown” también. Nina Ricci le hace un guiño  a la moda Gatsby con este modelito.

En cambio,  Oscar de la Renta acompaña  un vestido de falda acampanada con corte en la cadera, muy Flapper con un fedora blanco parecido a los usados por Faye Dunaway en “Chinatown”.

La Casa Dior también prueba con  la fusión de décadas y estilos, y crea trajes que no se verían mal en áreas de trabajo.

Para el invierno, Valentino diseña este magnífico abrigo de paño negro ribeteado de piel de leopardo,  digno de Marlene Dietrich.

El camisero es una prenda que nunca pasa de moda, los modistos del 74 deciden alargarle el dobladillo y darle un toque vintage. Así luce la propuesta de Balmain. Estilo sobrio, que recuerda finales de los 30s, pero confeccionado en un vibrante y moderno color calabaza.

Laroche le va a la onda Gatsby, escogiendo un estampado vaporoso, pero lo acopla con un severo blazer negro y un sombrero hongo en el mismo tono. Perfecto para la profesional que trabaja fuera de casa.

Lanvin sin embargo va más lejos. Su camisero tiene falda más amplia y acampanada, y el tailleur que presenta ya se ve como algo de los Cuarenta.

El que está definitivamente en los 40 es Halston y lo prueba con este traje que Lauren Hutton modela para Vogue y que parece diseñado  para Mary Astor en “El Halcón Maltes”.

Una joven diseñadora combina estilos para crear otro compromiso entre mini y midi falda. Es en 1974 que Diane von Furstenberg inventa el “ïnfamoso” wrap dress. Ese modelo que perdura hasta hoy ha provocado un sinfín de bochornos públicos. Lo sabré yo, son especialmente peligrosos en días de viento o cuando una baja a la carrera le escala del metro. El público ascendiente se entera de que color son tus calzones.

Pero que se puso de moda esa prenda lo demuestra esta fotografía de Carolina de Mónaco de 16 años y que ya perfilaba como un icono de la moda en un wrap. La Princesa Grace, en cambio luce un vaporoso vestido estampado de onda Gatsby.

¿Y en América Latina?
Hemos hablado de lo que se vestía en Nueva York y lo que confeccionaban los maestros de la moda, ¿pero cómo se vivía esta tendencia “Gatsby ”en América Latina?  Mi triste impresión es que no se vivió sino hasta un año más tarde. A juzgar por las telenovelas se le desconocía totalmente. Así vemos a Angelica Maria en vestido corto en su éxito del 74 “Ana del Aire” Lo mismo puede decirse de Jaqueline Andere en minifalda en "Ha llegado una Intrusa", ese mismo año.


Ana del Aire

Sin embargo, esta revista argentina anuncia para la primavera (septiembre-diciembre) unos modelos más largos, más retro. Y la revista colombiana  Laura   nos muestra al lado de un mini, un dos piezas con falda larga.


Además, los medios de comunicación bombardeaban a las Latinas de Ayer con mensajes de que para estar al día había que volver los ojos al pasado. Así lo vemos en Vanidades y en la portada del Buenhogar.


La onda “Gatsby” desapareció en unos meses,  pero sentó un precedente y marcó el camino para el resto de la década: retro, exótico, etéreo y con toque femenino “a la antigua”.


miércoles, 8 de agosto de 2018

El reinado de las faldas midi: 1970-1972



Como cantaba el Maestro Gonzalo Curiel:  “¿Cómo fue? No sé decirte como fue...”, pero a mediados de 1970, todas las grandes casas de moda de Paris tenían faldas largas en sus colecciones. Para 1971, la midi se podía ver hasta en las calles de Viña del Mar, pero las latinas nunca se sintieron realmente cómodas con esta nueva moda impuesta por el Hemisferio Norte.

Pues vamos a dividir esta entrada en tres partes; lo que vi yo en Chile; lo que crearon los diseñadores  y , lo que hicieron las latinas,  incluyendo en las telenovelas, con la polémica falda. Comienzo con mi testimonio y disculpen si caigo mucho en la autorreferencia, pero así es como presencié la existencia de la midi en Chile.

En 1970 hubo un gran cambio en la vida de mi madre que abarcó una sustancial bajada de peso. De pronto se atrevió a subirle la basta a las faldas y a usar pantalones. También cambió mi vestuario. Como yo me había vuelto “señorita”(eufemismo para decir que me había llegado la regla) se me comenzó a tapar más. También me confeccionaron pantalones y aunque tuve faldas,  estas bajaron hasta medio centímetro arriba de la rodilla.

En resumidas cuentas, las faldas largas, que cada vez más aparecían en páginas de revistas,   eran desconocidas en mi mundo. La moda de minis y pantalones me tenía harta, y mi pobre mamá sufría ante lo que consideraba una  muestra de  mi poca feminidad. No se le ocurría que, a los once años,  yo amaba la ropa…de décadas pasadas. Me la pasaba viendo películas viejas y para comienzos de 1971,  estaba inmersa en la segunda parte de la “Saga de los Forsyte “que tenía lugar en los años 20.
The Forsyte Saga (BBC)

En marzo, mi madre me mandó hacer un vestido:  falda corta, estilo tubo, corte en la cadera. Era bonito,  en una textura que se llama pata de gallo. Se parecía a este. Lo mejor es que tenia un dobladillo como de cinco o seis centímetros.

Con unas tijeras le deshice la basta. Pedí prestada una máquina de coser del taller de mi madre y se la rehíce de un centímetro. Me quedó debajo de las rodillas. Recogí un retazo de gasa rosada que había sobrado de un vestido de fiesta que acababan de coser para la boutique de mi mamá. Me lo enrosqué en el cuello, me puse los tacones de mi madre y salí con mi vestido a la terraza a fumar. ¡Qué pena que nadie me sacara una foto! Me sentía totalmente Fleur Forsyte.
Susan Hampshire como Fleur Forsyte (BBC)

Pero yo sabía que eso no era moda real, que no podía salir a la calle así. Fue en abril, un viernes en que el van escolar no me vino a buscar, que bajaba por la variante de Agua Santa y de pronto veo descendiendo por la acera del enfrente una especie de murciélago gigante. Era una mujer alta,  vestida con falda prolongada hasta la canilla, botas y un abrigo maxi,  abierto y desplegado como las alas de una mariposa. Era una visión que te dejaba sin aliento. “Le queda bien porque es alta” me dijo una compañera que había bajado conmigo:  “a nosotras que somos enanas, no nos iba a lucir tan bien”.

Unos meses después, debe haber sido junio porque fue antes del terremoto, mi mamá dio una fiesta. Temprano envió una de las dependientas de su tienda a casa con una gran bolsa platica y las siguientes ordenes: adentro iban tres tenidas, yo debía elegir una de ellas, ponérmela y bajar a conocer a sus amigos. Yo me había vuelto muy tímida y no quería conocer a sus amigos. Eran bulliciosos,  bebían mucho y luego vomitaban en el descansillo de la escalera.

Revisé la bolsa. Había un vestido acampanado,  como de huasita, con un diseño colorinche de cantaros azules y cestas rojas. En el ’71 (como parte del clima político) estaba de moda lo folclórico en Chile. Lo encontré un poco ordinario. La segunda tenida eran unos shorts de tweed negro. Reconocí en ellos inmediatamente a los infames hot pants de los que ya hablaré. Los escondí en el closet. Al día siguiente,  a punta de tijeretazos,  los convertí en trapo para limpiar el piso.

La ultima tenida era una falda de alpaca escocesa,  café y negra,  abotonada adelante y que me llegó un par de centímetros arriba del tobillo. Me la puse con un sweater blanco y unos zapatos de cocodrilo. Era preciosa. Algo que Lisabeth Scott o Loretta Young hubieran usado.

Así vestida me fui a meter a la cocina a ayudar a hacer los bocadillos. Parece que mi mamá estaba tan entretenida que se olvidó que quería presentarme. De pronto,  se abrió la puerta de la cocina y llegó una mujer desconocida a buscar una bandeja de entremeses. Tenia como veintiocho años,  era huesuda y angulosa. Pero lo que me impresionó era que traía puesto un vestido estampado muy largo (después vi que era imitación Lanvin) y botas . Me miró la falda y dijo (sin presentarse):  “Las dos estamos de midi, pero pídele a tu mamá que te compre botas. Las faldas largas no se usan con zapatos.”

Después supe que era modelo, y que se llamaba Estrella. Le pasó la idea de las botas a mi madre (en su boutique no se vendía calzado). Pero con el terremoto dejaron de ser prioridad. Llegó el verano y tuve que esperar hasta marzo del 72 para conseguir las botas.

Entretanto, leí (no recuerdo si en Eva o la Paula) las demarcaciones de la midi. Una midi, según la revista, solo debía usarse con botas. La midi era una prenda estrictamente invernal.  Nunca debía llevarse ni  con sandalias ni con zapatillas reina, ni con zuecos (así se llamaba en Chile a ese zapato que estuvo tan de moda en los 70,  de taco ancho, sin talón,   hecho de madera con una cubierta o de tela o gamuza y que realmente parecía  calzado holandés).

Sin embargo, una semana después vi una ilustración, en la revista argentina Intervalo, de una chica con un dos piezas escoses, falda ajustada hasta los tobillos.¡ Y calzado bajo! Pero como dijo mi nana “en La Argentina se visten como en Europa”.

Ya veremos cómo se vestían en Europa, pero  falta el ultimo capitulo de mi experiencia de midifaldera. En mayo del 72, aprovechando  una invitación de mi ex novio de la infancia para ir a ver una película de Godzilla, me puse mi veintiunica falda y mis botas. Salimos, fuimos al cine y paseamos por la plaza. Cuando llegué a casa, mi mamá me dijo que no me pusiera mas esa falda.” Está pasada de moda”.  Yo le creí, la obedecí y no miento en decir que desde ese días hasta octubre del 74 no volví a ponerme ni falda ni vestido.

Lo triste es que la midi con sus botas estaría pasada de moda, pero no la falda larga. Aquí, en  una ilustración de un catalogo de modas gringo de 1972 veo no solo falda con largo Chanel (debajo de la rodilla)  sino que también la modelo anda con zapatos, no las  botas de rigor.

Pero antes de intentar predecir en que momento este estilo  murióo evolucionó si se prefierehay que ver quienes manejaban los hilos de la moda. Yo les he contado lo que vi en Chile y que me demuestra las estrechez de mente y falta de imaginación de mi pueblo en lo que se refiere a expresarse a través del vestuario. No fue igual el desarrollo de la moda en el resto de América Latina y ciertamente no en Europa.

Para eso tenemos que remontarnos a 1970. Los abrigos midi orlados de piel se siguen usando como lo muestra la portada del especial moda otoño invierno de la revista española Hola. Nina Ricci los incluye en su colección. Valentino también sigue con tapados maxi, ahora usados con zapato, y en su colección invierno 1970 presenta este tipo de falda que se pondrá de moda al año siguiente y  que es un compromiso entre mini y midi.

Colecion 1970 Valentino

















Sin embargo, me ha impresionado este modelo que se escogió para la portada de la edición de moda primavera y verano de 1970 de la Hola. Es un modelo que podría haber usado Ingrid Bergman en “Casablanca”. Un traje salido de mis sueños más locos. ¿Pero lo usó alguien o solo fue un capricho extraído las mentes de modistos imbuidos ya de la nostalgia que caracterizaría la década? 



Pues los modistos ciertamente les iban a las faldas largas. Tenemos estos horribles vestidos de Guy Laroche y este tailleur de Dior que  sigue un estilo de fines de los 30. Lo interesante es que ambas modelos usan zapatos,  no botas.
Laroche 1970

Dior 1970

Pero  una cosa es lo que desfila en la pasarela y otra lo que usa la mujer en la calle. Las mujeres jóvenes que siguen la moda suelen imitar a actrices o figuras icónicas antes que a modelos. Nada más icónico ayer como hoy,  que la realeza. En 1970, la princesa que aparecía en las portadas de revistas de modas y del corazón era Ana de Inglaterra que acababa de cumplir 20 años. Como toda jovencita de entonces, Ana patrocinaba la minifalda. Fue ella quien convenció a su reina-madre de subir el dobladillo de sus vestidos. Por eso fue una sorpresa verla aparecer en 1970 con un vestido midi (y sin botas).
Princesa Ana 1970

Si en Buckingham se ponían faldas largas, también lo harían en las calles londinenses. Aquí vemos un video de 1970, al parecer temporada invernal, en que las maxis y las midis parecen haber tomado el Londres urbano por asalto.

Al otro lado del Atlántico, las faldas largas también se imponían, en diferentes estilos. Había las que imitaban los trajes de montar del Far West. Otras combinaban la prenda con el crochet trasparente tan de moda como en este atrevido atuendo , bueno atrevido para quien lo use sin fondo.

Llegó el momento en que, fiel a la cultura de protesta, las mujeres salieron a protestar en Miami contra esta moda que los diseñadores europeos intentaban imponerles. Parece chiste, pero muchas mujeres que cifraban su atractivo en buenas piernas y minis para enseñarlas   temían que la moda siguiese exigiendo faldas largas.
Protesta en Miami contra la midi

A pesar de las protestas, 1971 fue el año en que la midi reinó suprema en los desfiles de moda. Lo notamos en las colecciones de moda que nos ofrece la revista Hola.

A pesar de que el estilo era, como en Chile, falda larga y botas como el que luce Doña Sofia, quien entonces todavía no reinaba en España, los modistos juegan con la nostalgia. 

Estos modelitos de St. Laurent recuerdan estilos de a fines de los Treinta. 

En cambio este dos piezas de Valentino, se acerca más a las modas de la Segunda Guerra Mundial.


 Y estos modelos  de una Burda del 71, también denotan la influencia de la moda de los 40.


Otros diseñadores,  en cambio,  dejaban que los ganase la pereza y presentaban colecciones calcadas de la década anterior. Lo vemos en Chanel y en estos vestidos que parecían de comienzos de los Sesenta. Aunque la moda es reciclable, siempre debe saltarse una generación para volver a ser el “último grito”.
Chanel 1971

En cambio,  como muestran estas modelos de Seventeen, la revista dirigida a las adolescentes, en Estados Unidos se ofrecía un trend llamado “campesino (peasant) que hoy también se conoce como “Boho”. Con esos vestidos,  las chicas usaban los zuecos tan de moda. Los zuecos eran tan populares que en mi escuela nos enseñaron a hacerlos en una clase de trabajos manuales.

La juventud en ambos lados del Atlántico se resistía a abandonar las minifaldas, y solo hicieron una concesión al combinarla con su prenda favorita de esos años: los shorts de material grueso conocidos como hot pants. Es innegable que las jovencitas privilegiaban esta prenda y pensando en ellas,  jóvenes diseñadores los ingresaron a sus colecciones. Aquí tenemos los hotpants de Calvin Klein y Bill Blass. Y una foto de una Olivia Newton John,  recién salida de la adolescencia. Noten que los shorts se usan con botas y largos abrigos.
Calvin Klein 1971

Bill Blass 1971

Olivia Newton John 1971































Pero también había esa combinación de falda abierta y shorts para el verano como en este anuncio de Sarli, la línea italiana de ropa, y Jean Patou diseñó unos shorts retro con abrigo largo para su colección del verano de 1971.
Patou 1971

Según la revista Paula,  las lolitas chilenas privilegiaban los shorts con faldas abiertas para reuniones formales. 

Fue una prenda que encantaba las latinas. vemos a estas colombianas, de la revista Cromos,  luciéndolos en un partido y a esta joven en micro hotpants en Mar del Plata.

También podían usarse para la noche como este enterito de terciopelo cubierto por una larga falda estampada que luce la colombiana, Maria Amelia Umaña, Miss Cundinamarca 1971.



¿Quiere esto decir que en América Latina nunca entró la midi? No tanto. hubo un breve resurgir de la maxi, en un retorno de la moda gitana como en este modelo ofrecido por la boutique colombiana Maria Fernanda. 


En este otro anuncio vemos como se llevaban las midis en Brasil en 1971. 

Ese mismo año,  cuando Vanidades presenta la moda de ese verano coloca en portada las opciones de los largos de moda

Las telenovelas, género al que me había vuelto adicta,  fueron quienes me dieron una visión panorámica de esta guerra de faldas en América Latina.  En la telenovela  la falda larga era señal de alcurnia, supongo que por ser más caras ya que gastaba más tela. En “Natasha” (Perú, 1970-1971) Inés Sánchez Alcorce y Gloria Maria Ureta andaban de midi y botas, pero la pobre criada protagonista usaba cachitos de falda. En cambio, en “Nino “(Argentina, 1971) donde Gloria interpretaba a una chica pobre (y coja más encima) era de minivestidos.

La que usaba faldas largas ahí era la acaudalada  Claudia Sánchez Escurra (Stella Maris Closas) hasta que se casaba con un pobretón y tenía que recortar presupuesto y faldas. En “Muchacha italiana viene a casarse” , Angelica Maria hasta el delantal lo usaba corto, pero Chela Castro, Susana Dosamantes, Lucia Méndez y otras que pertenecían a la clase patronal,  lucían midis.

En “La Cruz de Marisa Cruces”, Amparito Rivelles comenzaba como mujer rica y de midi vestidos y botas de charol. Abandonaba al marido,  caía en la pobreza y se recogía el dobladillo. Diferente era el caso de Maria Rivas era “La Gata “que andaba en andrajosos y cortos atuendos, hasta que se descubría que era ricachona y entonces pasaba a faldas largas y botas de piel. En la versión mexicana de “El amor tiene cara de mujer” las jóvenes usaban faldas cortitas, y las midis quedaban para personajes maduros interpretados por Doña Silvia Derbez y Lucy Gallardo.

Un caso interesante fue en “Esmeralda”, la versión original (Venezuela, 1971). En una escena, Eva Blanco quien interpreta a la madre de la protagonista, hojeando una revista menciona que vuelven a estar de moda las faldas largas “como en mis buenos tiempos”.   Graciela (Adita Riera),  prima de Esmeralda, ha estado usando pantalones y minifalda en el campo, pero al volver a Caracas renueva su vestuario. Al ir a encontrarse con Adrián Lucero (Néstor Zavarce), su amor prohibido, se pone una falda midi y botas. Su madre,  que ni sospecha donde va, alaba lo bien vestida que anda su hija.
Adita Riera y Nestor Zavarce

Otro uso de la nueva moda para reflejar el carácter de la heroína fue en “Hermanos Coraje”. En 1971, la productora peruana América adapta ese libreto de la brasileña Janet Claire situándolo en  un escenario mexicano. La insólita protagonista Clara Barros (Julissa) sufre de doble personalidad. En el día, es una tímida maestra que usa faldas largas, botas, y hasta un maxi vestido, pero de noche o cuando sufre una crisis de nervios , se vuelve la sensual y osada Diana Lemos, la que siempre enseña las piernas.
Clara-Diana se casa con Juan Coraje

Para 1972, las faldas largas en la calle de Chile y en las telenovelas eran parte del pasado, tal como me había dicho mi madre. ¿Pero  fue así en el resto del mundo?

En 1972, los modistos vuelven a la minifalda como nos nuestra la colección de Dior, pero los catálogos de la Hola enseñan que las faldas prolongadas no ha desaparecido.



Incluso en América Latina La Prensa argentina presenta abrigos largos para el invierno. En Estados Unidos siguen de moda los vestidos campesinos de falda larga y botas.


El 73 en cambio, a pesar de lo que nos muestra la Hola, será el reinado de los vestidos lagos vaporosos, muy favorecidos por las jovencitas. 



No así en América Latina donde Vanidades, nuestra guía de la moda, nos pasa una falda un poquito arriba de la rodilla y la Paula nos presenta una  bona fide minifalda.  

El 74 otro gallo cantaría, pero eso se los contaré en otra ocasión.